“Todos somos responsables de todos” (Dostoyevsky, 1880, p. 316).

Resumen

¿Cuál es la verdadera medida del éxito de una sociedad? ¿Qué es eso que nos hace felices, sanos, estables y en equilibrio con el mundo que nos rodea? ¿No es éxito realmente, nuestra capacidad de entender y adaptarnos a las realidades del mundo para obtener el mejor resultado posible en cualquier circunstancia? ¿Y si descubriésemos que la naturaleza de nuestro sistema social realmente es reducir nuestra calidad de vida en el largo plazo?

Como se argumentará en este ensayo, los valores, prácticas y estructuras sociales modernas abiertamente desconocen, o se han desviado lejos de la de salud social auténtica. Lo priorizado o ignorado por defecto en las instituciones sociales actuales, junto con los objetivos y motivaciones personales asociados con el “éxito”, están muy a menudo desconectados del verdadero significado de soporte a la vida y progreso,[1. El punto aquí se refiere a cómo la sociedad moderna recompensa y refuerza ciertos comportamientos sobre otros. Por ejemplo, en el mundo occidental se obtienen mayores ganancias económicas de las instituciones financieras, que no producen nada, que de los verdaderos productores de bienes y servicios. Esto ha generado un problema de incentivos que incluye también indiferencia hacia el medio ambiente y descuido de la salud pública. Como se señala más adelante en este texto, la psicología de la economía de mercado en realidad se opone al soporte de la vida.] se le tiene muy poca consideración a este tema en el mundo de hoy. Gran parte de las métricas de prosperidad e integridad para la condición humana, se equiparan arbitrariamente a meros puntos de referencia económicos como el producto interno bruto (PIB), el índice de precios del productor (PPI) o cifras de empleo. Lamentablemente, estas medidas nos dicen poco o nada acerca del bienestar y prosperidad humanos.[2. En los últimos años se han hecho otros intentos para cuantificar la “felicidad” y el bienestar, como el del Indicador de la Felicidad Interna Bruta (FIB) que se hace mediciones a través de encuestas periódicas. El panel RIO+20 también realizó una propuesta que integre varias dimensiones de la condición humana y conservación del medio ambiente, a la vez que realizó una fuerte crítica al PIB como indicador del progreso humano (Seaford et al., 2011).]

Salud pública es un concepto de clasificación médica, esencialmente definido como el enfoque de la medicina que tiene por objetivo “proporcionar las condiciones en las que la gente puede estar saludable y centrarse en poblaciones enteras, no en los pacientes o enfermedades individuales. Por lo tanto, la salud pública se refiere a la totalidad del sistemas” (OMS, 2010). Aunque a menudo el término es usado estrechamente en relación con enfermedad transmisibles y otras condiciones sociales, el contexto aquí se extiende a todos los aspectos de nuestras vidas, incluyendo no sólo la salud fisiológica, sino también la salud mental. Si el valor de un sistema social se mide por la salud de sus ciudadanos a través del tiempo, la evaluación y comparación de condiciones y consecuencias a través de simples análisis de tendencia y contabilización de factores, debería darnos una idea de lo que se puede cambiar o mejorar en el plano social.

Nuestro punto de análisis aquí será cómo la misma condición social (el sistema socioeconómico) está afectando a la salud humana. En palabras del doctor Rudolph Virchow, “la medicina es una ciencia social y la política no es nada más que Medicina a gran escala” (Krech, 2012). Virchow reconoció que cualquier problema de salud pública está invariablemente relacionado con la sociedad en su conjunto. Su estructura, características y la consolidación de los valores tienen una profunda influencia en la salud y el comportamiento de una sociedad y los argumentos sobre los méritos de nuevas ideas sociales, inevitablemente, se reducen a una evaluación racional de calidad a través de la comparación.

Dado que cada componente de la salud pública tiene sus propias características y causalidad, también podemos considerar enfoques alternativos para la solución de un problema o mejora de una condición, que podrían no estar actualmente en práctica, aunque deberían. Un análisis de los componentes actuales de la salud pública que nos permita entender lo que está sucediendo en el tiempo y en diferentes circunstancias, junto con una evaluación inferencial por caso de lo que podría ser arreglado o mejorado en la mayor escala posible, son la base del tren de pensamiento expresado aquí.

Estamos convencidos de que el modelo social existente es una causa de patología social, al perpetuar un desequilibrio que genera innecesariamente trastornos tanto físicos como psicológicos en la población, eso sin mencionar la limitación sistemática del potencial humano y de resolución de problemas. Esta patología se extiende naturalmente a la salud ambiental, es decir al estado del planeta, puesto que los problemas, presiones y mitigaciones ecológicas siempre tienen un efecto en nuestra salud pública en el largo plazo.

Para nuestro análisis vamos a separar el tema de salud pública en dos categorías generales, física y psicológica,[3. Los fenómenos sociológicos se agrupan aquí en la categoría psicológica en aras de la simplicidad, pues el resultado de una condición sociológica es la suma de los estados psicológicos de los individuos.] con cada categoría dividida en temas que representan problemas predominantes en la población en general. Que quede bien entendido que los resultados físicos y psicológicos rara vez, o nunca, tienen causas únicas. Hay una relación biopsicosocial[4. Biopsicosocial significa la interacción de las influencias biológicas, psicológicas y sociológicas en una consecuencia dada. Por ejemplo, la obesidad, aparentemente se refiere únicamente a los patrones de alimentación. Si una persona come demasiado, sube de peso hasta llegar a un punto donde su índice de masa corporal rebasa el estándar establecido y se la considera obesa. Sin embargo, existe una gran cantidad de evidencia (como se presentará más adelante en este ensayo) que muestra cómo la psicología de una persona puede ser afectada por factores externos para que desee la comodidad de consumir. Por ejemplo, una historia de privación emocional o una pobre adaptación corporal, donde es de esperarse que aparezcan malos hábitos. Estas últimas nociones que influyen en la psicología individual, son el resultado de la condición sociológica.] en prácticamente todos los fenómenos humanos. En otras palabras, si bien el problema analizado podría considerarse “físico” en apariencia, la causa subyacente de ese resultado podría muy bien ser “psicológica” o “sociológica”, por ejemplo.

El Factor Económico

Como hemos dicho, la tesis principal de este ensayo es mostrar el profundo efecto que nuestro sistema socioeconómico global tiene sobre la salud pública, enfocándonos específicamente en el poder de la pobreza, el estrés y la desigualdad. Si uno echa un vistazo rápido a las principales causas de muerte a nivel mundial (OMS, 2014), se notan claras diferencias en base al estado económico de una región, como el hecho de que el cáncer es más común en sociedades de altos ingresos, mientras que las enfermedades diarreicas son más comunes en las sociedades de bajos ingresos, esto da una idea de cómo el contexto general de la situación socioeconómica puede afectar la salud pública.

Mahatma Gandhi dijo una vez: “La pobreza es la peor forma de violencia” (citado por Alger, 1998). Se refiere a las muertes innecesarias causadas por la pobreza, debido a los graves efectos que  las restricciones financieras provocan en la salud. Esta idea fue posteriormente englobada en un término llamado violencia estructural (Köhler & Alcock, 1976), definida por el Dr. James Gilligan (1997, p. 192) como “el aumento de las tasas de mortalidad y discapacidad que sufren las personas que ocupan los peldaños más bajos de la sociedad”. La diferencia entre violencia estructural  y violencia conductual, es que la primera “opera continua y no esporádicamente”.

Hay que tener en cuenta que el término violencia no se limita a la clasificación habitual de los daños físicos, tales como el combate de persona a persona o el abuso, sino que además incluye la opresión social (a menudo invisible), que a través de la cadena de causalidad inherente a nuestro sistema social, ocasiona daño innecesario a las personas, tanto física como psicológicamente. Los ejemplos de esto pueden ser obvios o resultar complejos dependiendo del mecanismo de causa y efecto.

Un ejemplo “macro” simple sería la prevalencia de las enfermedades diarreicas en las sociedades afectadas por la pobreza. Estas enfermedades matan a alrededor de 1,5 millones de niños cada año (OMS, 2013). Esta condición es completamente prevenible y tratable. Si bien la propia infección se propaga a través de alimentos o agua contaminada, o de persona a persona como resultado de la falta de higiene, en países del primer mundo la prevención es efectiva y, por ende, hay muy pocos casos en comparación, esto muestra que la verdadera causa no es la enfermedad en sí, sino la condición de pobreza que le permita prosperar sin obstáculos. Sin embargo, la causalidad no se detiene allí, ahora debemos preguntarnos: ¿Cuál es la causa de la pobreza?

Un ejemplo “micro” más abstracto sería los problemas de desarrollo humano cuando se producen presiones negativas en la estructura familiar o comunitaria. Imaginemos una madre soltera que, debido a la necesidad financiera de criar a su hijo, debe trabajar mucho para obtener ingresos que le permitan sobrevivir, lo que limita su disponibilidad de tiempo para estar con el niño. Las presiones no sólo reducen el apoyo y orientación necesarias para el desarrollo del niño, la madre también desarrolla tendencias a la depresión y ansiedad debido al estrés constante producto de las deudas, facturas y similares. Entonces, el abuso producto de la frustración comienza a materializarse en la familia, esto provoca una severa pérdida emocional[5. El término “pérdida emocional” se refiere a un trauma emocional severo experimentado, sobre todo cuando niño, que persiste. En palabras del Dr. Gabor Maté (2010, p. 512), “el mayor daño causado por negligencia, pérdida o trauma emocional no es el dolor que (los golpes) infringen de inmediato, sino las distorsiones a largo plazo que inducen en la forma en que un niño en desarrollo seguirá interpretando el mundo y su situación en él”.] en el niño y además establece las condiciones para que aparezcan estados mentales neuróticos e insalubres, como una propensión a la adicción a las drogas (Mate, 2010). Años después, sufriendo todavía el dolor que sintieron en los primeros años, el niño convertido en adulto muere por una sobredosis de heroína. Pregunta: ¿qué causó la sobredosis? ¿La heroína? ¿La influencia de la madre? ¿O las circunstancias económicas en las que se encontró la madre, que no le permitieron darle a su hijo el equilibrio y cuidado adecuado que necesitaba?[6. Al correlacionar gran cantidad de datos económicos e institucionales del Estado de Nueva York para el período de 1841 a 1967, Harvey Brenner (1973) concluye que las inestabilidades de la economía nacional son la fuente más importante de fluctuaciones en las tasas de admisión a hospitales mentales”]

Pensar que podemos ajustar el sistema socioeconómico para frustrar estos problemas estructurales, macro y micro, el 100% de las veces, es absurdo. Sin embargo, lo que sí es posible es reducir dramáticamente de este tipo de problemas de salud pública al cambiar la naturaleza de la condición socioeconómica de la manera más estratégica que podamos. A medida que avancemos en el análisis de casos de los más grandes trastornos mentales y físicos en el mundo, encontraremos que el verdadero imperativo para mejorar la salud pública se basa casi exclusivamente en esta premisa de causalidad socioeconómica.[7. Un estudio epidemiológico de referencia en este contexto es el realizado por Otten et al. (1990) que encontró que dos tercios de las muertes afroamericanos sólo podían explicarse debido a la situación socioeconómica baja y a sus consecuencias directas e indirectas.]

Gernot Köhler y Alcock Norman (1976), calcularon que 18 millones de muertes serían causadas anualmente por la violencia estructural y el estudio es de hace casi 40 años. Desde entonces, la brecha mundial entre ricos y pobres se ha más que duplicado, lo que sugiere que la cifra de muertos es aún mucho mayor en la actualidad. En efecto, la violencia estructural es el más mortal asesino en el planeta. La siguiente tabla muestra las tasas de muerte de un grupo demográfico específico, mostrando la correlación directa entre bajos ingresos y mortalidad.

D. Smith, J. D. Neaton, D. Wentworth, R. Stamler and J. Stamler, ‘Diferencias socioeconómicas en el riesgo de mortalidad entre los hombres seleccionados para el ensayo clínico Intervención de Múltiples Factores de Riesgos: I. Hombres blancos', American Journal of Public Health (1996) 86 (4): 486-96.

D. Smith, J. D. Neaton, D. Wentworth, R. Stamler and J. Stamler, ‘Diferencias socioeconómicas en el riesgo de mortalidad entre los hombres seleccionados para el ensayo clínico Intervención de Múltiples Factores de Riesgos: I. Hombres blancos’, American Journal of Public Health (1996) 86 (4): 486-96.

Salud Física

Los principales problemas de salud física de la población humana hoy pueden clasificarse según índices de mortalidad, como el cáncer, enfermedades del corazón, derrames cerebrales, entre otros, e índices de morbilidad, condiciones relativamente menores que no sólo reducen la calidad de vida, sino que a menudo preceden a las anteriormente mencionadas. Incluyen alta presión arterial, obesidad y otros problemas que, aunque menos críticos en comparación, pueden conducir a enfermedades graves y, con el tiempo, a la muerte (Heaney, 2012).

Es importante recordar que la causalidad de estas enfermedades físicas no es estrictamente física en el sentido estricto de la palabra, así lo han concluido varios estudios recientes que han encontrado una relación entre la tensión psicosocial y problemas patológicos aparentemente no relacionados. Según la Organización Mundial de la Salud (2014), las principales causas de muerte en países de ingresos bajos, medios y altos son las enfermedades cardíacas, infecciones respiratorias, el accidente cerebrovascular y cáncer. Si bien cada una de estas enfermedades (y muchas más) pueden analizarse bajo la lógica que encontrarán a continuación, en esta ocasión nos enfocamos en las enfermedades cardíacas.

Caso de estudio: Patología cardíaca

Aunque el tratamiento de enfermedades del corazón ha logrado una leve disminución mundial en infartos cardíacos y muertes (Miniño et al., 2006) el diagnóstico de las enfermedades cardíacas no ha disminuido y en algunos estudios regionales está incrementándose (Institute of Public Health in Ireland, 2012), o en camino de aumentar sustancialmente (European Society of Cardiology, 2012). La enfermedad coronaria sigue siendo considerada por la OMS (2014) como “la principal causa de muerte” a nivel mundial y se ha descubierto que, si bien existen factores genéticos en juego, el 90% de los que mueren “han sido influidos por factores de riesgo relacionados al estilo de vida”. En general, se considera que la enfermedad es evitable si se hacen ajustes en el estilo de vida (Mackay & Mensah, 2004).

En resumen, existe una relación bien establecida entre patología cardíaca y dietas altas en grasa, tabaquismo, alcohol, obesidad, colesterol elevado (LDL), diabetes y otros factores de riesgo, lo que nos permite extender la causalidad de la enfermedad cardíaca y cuando seguimos estas influencias, la más importante tiene que ver no únicamente con el ingreso absoluto, sino con el nivel socioeconómico relativo.

La OMS dice que a escala global, el nivel socioeconómico más bajo, se relaciona con más enfermedades del corazón y, naturalmente, más factores de riesgo que conducen a ella (cap. 11). Esto, por un lado, representa una relación económica directa con la aparición de la enfermedad. No hay pruebas que demuestren que las diferencias genéticas entre grupos regionales puedan ser responsables de estas variaciones y es obvio que la falta de poder adquisitivo lleva a la gente a estilos de vida que incluyen muchos factores de riesgo.

Un estudio publicado en el American Journal of Epidemiology que estudió la posición socioeconómica a lo largo de la vida y la incidencia de la enfermedad coronaria, encontró que mientras más tiempo una persona permanece en la pobreza, más probable es que desarrolle enfermedades cardíacas (Loucks et al., 2009). Las personas que estaban en desventaja económica a lo largo de su vida eran más propensos a fumar, ser obesos, tener dietas pobres y similares. Un estudio anterior realizado por el epidemiólogo Dr. Ralph Frerichs (1984), centrado específicamente en la brecha socioeconómica en la ciudad de Los Ángeles, EE.UU. encontró que la tasa de mortalidad por enfermedades del corazón era 40% mayor para los pobres que para los más ricos.

Dada nuestra tesis original de considerar un enlace entre el propio sistema social y la prevalencia de la enfermedad y sus factores de riesgo asociados, debemos tener en cuenta la relación directa del estrés y el poder adquisitivo. Comenzando por este último, claramente los pobres hábitos de salud se producen en entornos de menores ingresos debido a la falta de fondos para una mejor nutrición (Drewnowski & Eichelsdoerfer, 2010),[8. “Muchos profesionales de la nutrición creen que todos los estadounidenses, independientemente de sus ingresos, tienen acceso a una alimentación nutritiva de granos enteros, carnes magras y verduras frescas y frutas. En realidad, los precios de los alimentos suponen una importante barrera para muchos consumidores que están tratando de balancear una buena nutrición con precios económicos” (Drewnowski & Eichelsdoerfer, 2010).] atención médica (OMS, 2005) y educación (Tavernise, 2012).  Muchos de los alimentos de alto riesgo, como los altos en grasa y sodio, por ejemplo, también son los alimentos más baratos en las tiendas.

Vale la pena señalar que nuestro modelo socioeconómico produce bienes basados en la capacidad de compra de una demografía específica. La decisión de producir bienes alimenticios de pobre calidad se hace por el interés en las ganancias y como la gran mayoría del planeta es relativamente pobre, no es de extrañar que para satisfacer ese mercado, la calidad debe ser reducida para permitir la compra competitiva. En otras palabras, existe un mercado para cada clase social y, naturalmente, cuanto más baja es la clase, menor será la calidad. Esta realidad es un ejemplo del vínculo directo entre un sistema social y la causalidad de una enfermedad. Aunque la información sobre la diferencia en la calidad de los productos podría ayudar a una persona pobre en el proceso de toma de decisiones para comer mejor, las restricciones financieras propias de su condición, podrían fácilmente hacer esa decisión difícil, sino imposible, ya que dichos bienes son más caros.

En una época en donde la producción de alimentos y la nutrición humana son fenómenos bien entendidos científicamente — en cuanto a lo que funciona y lo que no, lo que es saludable y lo que no — debemos preguntarnos por qué existen métodos industriales perjudiciales y por qué tenemos una abundancia deliberada de alimentos poco saludables. Lo que sucede es que la salud humana no es el objetivo de la producción industrial de alimentos y nunca lo ha sido, debido a que el único interés es generar ingresos. Hablaremos más acerca de este trastorno del incentivo inherente a la economía monetaria de mercado en ensayos posteriores.

El factor estrés

El estrés tiene un efecto mayor sobre la enfermedad cardíaca de lo que se pensaba previamente y esto no sólo se refiere al hecho estadístico de que la gente de bajos ingresos tiene mayor propensión a fumar, beber, incrementar su presión arterial y por lo tanto, a hacer caso omiso de sus cuerpos y bienestar debido a la continua lucha por los ingresos y la supervivencia. Si bien estos factores son evidentes y se encuentran ligados a la inevitable estratificación encontrada en la economía monetaria de mercado,[9. La estratificación de clases es una parte inmutable del actual modelo socioeconómico, tanto por el sistema de incentivos, que genera esa desproporcionada distribución de ingresos cuanto por el favoritismo estratégico a favor de los niveles superiores de la jerarquía. En 2007, por ejemplo, los jefes ejecutivos de las 365 principales empresas de Estados Unidos recibieron más de 500 veces el sueldo del trabajador promedio. En cuanto a política macroeconómica monetaria, esta también recompensa a los ricos y castiga a los pobres a través del sistema de interés. Los ricos ganan interés por su inversión, mientras que los pobres, carentes de capital de inversión, toman préstamos para la mayor parte de sus compras grandes, pagando intereses. Haciendo una abstracción, los pobres se ven obligados a darle su dinero a los ricos a través de este mecanismo.] la forma más perjudicial de estrés se presenta en la forma de estrés psicosocial, es decir, el estrés relacionado con nuestra conexión psicológica hacia el entorno social.

El profesor Michael Marmot, del Departamento de Epidemiología y Salud Pública del “University College” de Londres, dirigió dos estudios importantes (1991, 1999) sobre la condición social de la salud. Utilizando al sistema del Servicio Civil Británico como grupo de estudio, encontró que el gradiente de la calidad de la salud en las sociedades industrializadas no es simplemente una cuestión de un mal estado de salud de los desposeídos y de un buen estado de salud para todos los demás. El hallazgo fue que los tipos de enfermedades en el promedio de la población iba variando a medida que uno iba desde la parte socioeconómica alta, a la parte inferior.

Por ejemplo, los niveles más bajos de la jerarquía tenían una mortalidad por enfermedades cardíacas cuatro veces más alta en comparación con los peldaños más altos. Incluso en un país con asistencia de salud universal, cuanto más mala era la situación financiera de una persona y su posición en la jerarquía, tanto peor era su salud en promedio. La razón es esencialmente psicológica ya que se ha encontrado que cuanto más estratificada está una sociedad, peor es la salud pública en general, específicamente para las clases más bajas.

Este patrón ha sido corroborado por muchos estudios durante los últimos años, incluyendo una profunda colección de investigaciones organizadas por Richard Wilkinson y Kate Pickett. En su obra, Desigualdad: Un análisis de la (in)felicidad colectiva (2009), ellos buscaron centenares de estudios epidemiológicos sobre el tema, que describen cómo las sociedades más desiguales perpetúan una amplia gama de problemas de salud pública, tanto físicos como psicológicos.

Además de las enfermedades cardiacas, algunos tipos de cáncer, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, la enfermedad gastrointestinal, el dolor de espalda, la obesidad, la hipertensión arterial, la baja esperanza de vida y muchos otros problemas también se encuentran ahora vinculados a la situación socioeconómica, no sólo a factores de riesgo individuales. Existe, en la salud pública, lo que podríamos denominar “gradiente social”, donde nuestro lugar en relación a otras personas tiene un importante efecto psicosocial. Aquellos que están por encima de nosotros[10. Utilizamos este calificador para señalar que este fenómeno se relaciona más con las sociedades relativamente ricas en general que con las sociedades asoladas por la pobreza.] gozan, en promedio, de una mejor salud, mientras que quienes están por debajo, tienen peor salud en promedio (Wilkinson & Marmot, 2003). De hecho, al comparar estadísticamente la salud pública entre países desarrollados con altos niveles de desigualdad de ingresos, como Estados Unidos, y aquellos con niveles bajos de desigualdad de ingresos, como Japón, esto se devela claramente.[11. Aquí se puede encontrar, como referencia un resumen en PDF de los gráficos de líneas de regresión extraídos de la obra de R. Wilkinson y K. Pickett.] Sin embargo, estas enfermedades “físicas” son sólo una parte de la crisis de salud pública generada por la desigualdad que, a su vez, es una consecuencia originada en estratificación inherente a nuestro sistema social global.

Salud psicológica

Tal vez la más profunda de las implicaciones en salud pública es el resultado de la desigualdad social en la salud mental o psicológica. Esto se extiende a reacciones y tendencias de comportamiento como los actos de violencia y abuso, junto con síndromes como depresión, ansiedad y trastornos mentales en general.

Una evaluación de las tendencias de depresión y la ansiedad en los países desarrollados, en los que muchos piensan intuitivamente que hay más alegría y facilidad debido a la riqueza material disponible, revela una realidad muy diferente (Gray, 2010 & Gustafson 2011). Un estudio británico (Collishaw et al., 2004) que examinó la depresión entre personas adultas jóvenes, encontró que esta condición era dos veces más común en 1970 de lo que lo era en 1958. Un estudio con cerca de 63.700 estudiantes universitarios encontró que la cantidad de adultos jóvenes están tratando con niveles de ansiedad cinco veces superiores a los encontrados a finales de 1930 (Dreisbach, 2010). Otro estudio realizado por Neighmond (2011) presentado en la Asociación Americana de Psicología, muestra que la enfermedad mental es más común entre los estudiantes universitarios de lo que fue hace una década.

El psicólogo Jean Twenge (2000) de la Universidad de San Diego localizó 269 estudios relacionados con la medición de la ansiedad en los Estados Unidos realizados entre 1952 y 1993, y la evaluación global muestra una clara tendencia al aumento durante este período, con la conclusión, por ejemplo, de que a finales de 1980, el niño estadounidense promedio estaba más ansioso que los pacientes psiquiátricos infantiles en la década de 1950.

Un informe de 2011 del  Centro Nacional de Estadísticas de Salud de Estados Unidos (NCHS por sus siglas en inglés) revela que la tasa de uso de antidepresivos en ese país entre adolescentes y adultos (personas mayores de 12 años) se incrementó en casi un 400% entre 1988-1994 y 2005-2008. Los antidepresivos fueron el tercer medicamento de prescripción más común tomado por los estadounidenses en el período 2005-2008 (Pratt et al., 2011).

Mientras que el componente genético para la depresión puede tener relevancia, la tendencia de la tasa muestra claramente una relación causal ambiental como la fuerza impulsora. En palabras de Richard Wilkinson:

Aunque las personas con enfermedad mental tienen a veces cambios en los niveles de ciertas sustancias químicas en el cerebro, nadie ha demostrado que [los neurotransmisores] sean la causa de la depresión, en lugar de un síntoma causado por la depresión (…) aunque alguna vulnerabilidad genética puede ser la base de alguna enfermedad mental, esto no puede por sí solo explicar los aumentos enormes en la aparición de la enfermedad en las últimas décadas, nuestros genes no pueden cambiar tan rápido (Wilkinson & Pickett, 2009).

Al parecer, nuestro estatus social relativo tiene un efecto profundo en nuestro bienestar mental y esta tendencia también se puede encontrar en lo que podría ser denominado como la psicología evolutiva de los primates. Un estudio de Morgan et al. (2002) realizado con monos macacos concluyó que los subordinados en una jerarquía social dada, tienen menos actividad dopaminérgica[12. La dopamina es un neurotransmisor relacionado con el placer y la adicción.] que los dominantes y esta relación podría cambiar a medida que se organizaban socialmente de forma diferente. En otras palabras, no tenía nada que ver con la biología específica, sólo el acuerdo social reduce o eleva los niveles de dopamina. También se encontró que los monos de jerarquía inferior usaban más cocaína para compensar. Esto sugiere que los niveles bajos de dopamina en los primates (incluidos los seres humanos) tienen una correlación directa con la depresión.

El patrón se ha vuelto muy claro y, aunque los factores de estrés directos, tales como la seguridad del empleo, la deuda y otros factores económicos inherentes al sistema social, desempeñan un papel importante (Lakhani, 2012), la relevancia del nivel socioeconómico en sí, sigue siendo dominante. La siguiente tabla es una comparación general de Salud Mental por países en relación a la desigualdad económica. Incluye datos de la OMS provenientes de nueve, incluye información sobre trastornos de ansiedad, trastornos del estado de ánimo, trastornos impulsivos, adicciones y otros. Se puede ver claramente que los Estados Unidos, el país con mayor nivel de desigualdad, tiene además un enorme nivel de trastornos de salud mental y consumo de drogas, en comparación con los países menos estratificados, Italia es el más bajo en trastornos de salud mental del grupo.

Fuente: Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva.

Fuente: Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva.

Incluso la percepción del estatus social, como las relaciones de casta que se encuentran en países como India, pueden tener un profundo efecto en la confianza y el comportamiento. Un estudio realizado en 2004 comparó las capacidades de resolución de problemas de 321 niños indios de casta alta contra 321 niños indios de casta baja. Los resultados demostraron que cuando la casta no fue anunciada públicamente antes de comenzar la resolución de problemas, ambos grupos de niños obtuvieron resultados similares. En la segunda ronda, antes de la cual se anunció públicamente la casta de cada grupo, al grupo de casta inferior le fue mucho peor, y al de casta alta mucho mejor, produciendo datos muy divergentes en comparación con la primera ronda (Hoff & Pandey, 2004). La gente está muy influenciada por la percepción de su estatus en la sociedad y muchas veces cuando intuimos ser vistos como inferiores, actuamos como tal.

Fuente: Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva.

Fuente: Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva.

Como conclusión de este apartado sobre el fenómeno psicosocial de la desigualdad, que muestra una clara correlación con el bienestar psicológico, es importante recalcar la amplia gama de hallazgos. Cuando se trata de educación, capital social (confianza), obesidad, esperanza de vida, nacimientos en adolescentes, encarcelamiento y castigo, movilidad social, oportunidad e incluso Innovación, a los países con menor desigualdad de ingresos les va mejor que a aquellos con mayor desigualdad de ingresos. Dicho de otra manera, son sociedades más sanas.

Caso de estudio: violencia conductual

Además de las implicaciones mencionadas relacionadas con la desigualdad de ingresos en la sociedad, hay otro problema que merece una mirada más profunda: la violencia conductual. El Dr. James Gilligan, psicólogo criminalista y ex-director del Centro para el estudio de la violencia en la escuela médica de Harvard, escribió un tratado sobre el tema en su obra Violence: Our Deadly Epidemic and its Causes. El Dr. Gilligan deja muy claro que las formas extremas de violencia no son aleatorias o inducidas genéticamente, sino reacciones bastante complejas que se originan a partir de experiencias estresantes, sean estas puntuales o recurrentes.

Por ejemplo, el maltrato en la niñez, físico o emocional, junto a niveles cada vez más intensos de estrés personal, tienen una correlación directa con actos de violencia premeditados e impulsivos donde — si bien los hombres tienen una propensión significativamente mayor a la violencia, en gran parte debido a sus características endocrinológicas que, si bien no causan reacciones de violencia, pueden exagerarlas bajo la influencia del estrés[13. La hormona testosterona ha sido comúnmente “culpada” de la agresividad masculina. Sin embargo, se ha encontrado que las diferencias individuales en los niveles de testosterona no resultan en diferencias proporcionales en los niveles de conducta agresiva cuando se hicieron pruebas en la población general. En lugar de ser la testosterona la que aumenta los niveles de agresión, se obtuvo una respuesta inversa (Sapolsky & Bonetta, 1997, pp. 147-159).] — el tema común es la influencia del medio ambiente y la cultura.

El punto aquí no es descartar la relación de las hormonas o las propensiones genéticas con la violencia,[14. Moosajee (2003) cita un estudio realizado en Nueva Zelanda, donde un aparente vínculo genético encontrado en un comportamiento violento sólo se manifiesta si en la infancia se produjeron gran cantidad de abusos que desencadenan una expresión de esa propensión genética.] sino mostrar que el origen de este comportamiento claramente no está en nuestra biología, sino en las condiciones que un ser humano experimenta y vive. Otras hipótesis comunes sobre el origen de la violencia, como el instinto, son también demasiado abstractos y vagos para sostener validez operacional alguna (Gilligan, 1997, pp. 210-213).

Estoy sugiriendo que la única manera de explicar las causas de la violencia, de modo que podamos aprender cómo prevenirla, es acercarse a la violencia como un problema de salud pública y medicina preventiva, y pensar en la violencia como un síntoma de una patología que puede ser mortal, la cual, como todo tipo de enfermedad, tiene una etiología o causa, un patógeno (p. 92).

En el diagnóstico del Dr. Gilligan, él deja muy claro (cap. 5) que la principal causa de la violenta conductual es la desigualdad social, destacando además el papel de la vergüenza y de la humillación como una agente etiológico de quienes se dedican a la violencia. Thomas Scheff (1988), profesor emérito de sociología en California declaró que la “vergüenza era LA emoción social”. La vergüenza y la humillación se pueden equiparar con sentimientos de estupidez, incompetencia, deshonra, insensatez, sentirse expuesto, inseguridad y similares, todos estos de naturaleza social o comparativa.

No hace falta decir que en una sociedad global, con una creciente disparidad de ingresos, sino que con una inevitable disparidad de autoestima — ya que se promociona al estatus como directamente relacionado al “éxito” en nuestro trabajo, cifras en nuestras cuentas bancarias y similares — no es ningún misterio que los sentimientos de inferioridad, vergüenza y humillación sean estigmas de la cultura de hoy. Esos sentimientos tienen consecuencias muy graves para la salud pública, como la epidemia de violencia conductual que vemos hoy en  formas variadas y complejas. El terrorismo, los tiroteos en las escuelas e iglesias, junto con otros actos extremos que simplemente no existían antes en nuestros registros históricos y que encuentran hoy su contexto, revelan una evolución singular de la violencia. El Dr. Gilligan concluye: “Si queremos prevenir la violencia, entonces, nuestra agenda es la reforma política y económica” (p. 236).

El siguiente gráfico muestra las tasas de homicidio en las naciones ricas en diversos estados de desigualdad social. Estados Unidos, que es probablemente el mayor promotor del antisocialismo y que actualmente tiene muy pocas salvaguardas (incluso carece de asistencia médica universal), impulsa la ética psicológica de que la “independencia” y la “competencia” son el más importante ethos, y al mismo tiempo muestra un masivo nivel de violencia. Aunque los debates que relacionan a la epidemia de violencia con la falta de control de armas o circunstancias similares persisten en el paisaje político de Estados Unidos, claramente esto no tiene realmente nada que ver con su causalidad.

Fuente: Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva.

Fuente: Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva.

Conclusión

Este ensayo ha tratado de dar un panorama general de relaciones causales importantes para la salud humana, tanto en el plano psicológico como en el físico. Demostrando como la condición socioeconómica general mejora o empeora la salud pública, y al mismo tiempo aludiendo a las condiciones ideales que permitirían incrementar nuestra felicidad, reducir enfermedades y aliviar problemas epidémicos de comportamiento, como la violencia.

Si bien tenemos relaciones económicas directas muy claras en cuanto a sus mecanismos para reducir la salud y el bienestar humano, como la incapacidad para obtener alimentos de calidad, las restricciones de tiempo relacionadas a una fuerte carga horaria laboral (que a su vez reducen el apoyo emocional y el desarrollo de los niños), la pérdida de la calidad en la educación debido a problemas de financiación, el hecho de que la mayoría de los matrimonios se terminan debido a problemas monetarios (Rampell, 2009), hemos preferido enfocarnos en la privación relativa debido al hecho de que es menos entendido pero más relevante que otros asuntos mejor comprendidos.

En el contexto estructural socioeconómico, esta realidad se opone firmemente a la filosofía de que la competencia, las clases y otras nociones de incentivos y progreso capitalistas son motores del progreso y la salud social. Cuanto más aprendemos acerca de este fenómeno, más fuerte se vuelve el argumento de que la naturaleza de nuestro sistema socioeconómico está al revés en su enfoque e intención. El progreso y el éxito humano, claramente no están definidos por la constante afluencia de bienes de mercado, gadgets ni por la compra de creaciones materiales. La salud pública y el bienestar se basan en cómo nos relacionamos unos con otros y con el entorno en general.

El resultado es una forma oculta de violencia contra la población y, por lo tanto, la crisis de salud pública que vemos es realmente un asunto de derechos civiles y humanos. Cuando vemos un claro genocidio en el mundo nos oponemos enérgicamente por razones puramente morales, pero ¿que pasa si lo que existe es un genocidio constante e invisible pero muy real, perpetuado, no por una persona o grupo específico, sino por un trastorno psicológico que nace de la tensión generada por el método tradicional de interacción humana y el orden económico que se ha creado y codificado?

Como se argumenta en los siguientes ensayos, simples ajustes en el sistema socioeconómico actual no son suficientes en el largo plazo para resolver sustancialmente estos problemas. Los propios principios fundamentales de nuestro modelo actual están vinculados a las orientaciones de competencia y jerarquía económicas y para eliminar verdaderamente esos atributos, y sus consecuencias, se debe transformar completamente todo el sistema social.

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