Es un claro síntoma de nuestra condición, que ninguna escuela, disciplina o teoría general de análisis social establecida se haya basado en los requisitos de la vida… En cambio, algunos constructos sociales invariablemente han adoptado como su cuerpo referencia principal, conjuntos de ideas, al Estado, al mercado, una clase, el desarrollo tecnológico, o cualquier otro factor diferente a la base misma de la vida” (McMurtry, 1999, p. viii).

Resumen

La economía es probablemente la característica social más crítica, relevante e influyente que existe. Prácticamente todos los aspectos de nuestra vida, usualmente sin un reconocimiento consciente, tienen relación con el desarrollo histórico y la práctica actual del pensamiento económico en un nivel u otro, moldeando nuestras instituciones sociales, creencias y valores fundamentales más básicos. De hecho, la esencia de cómo pensamos como sociedad sobre nuestra relación con los demás y con el hábitat que nos sostiene es, en gran parte, una consecuencia directa de las teorías y prácticas económicas que perpetuamos.

Una revisión cuidadosa de las filosofías históricas religiosas y morales, del desarrollo gubernamental, los partidos políticos, estatutos legales y otros contratos sociales y creencias que conforman un sistema social dado y su cultura, revela el profundo impacto que las presunciones económicas tienen y siguen teniendo en la formación del “Zeitgeist” de una era.

Veremos como la esclavitud, el clasismo, la xenofobia, el racismo, el sexismo, la subyugación, y muchas otras nociones de división y explotación todavía comunes en la historia cultural de la humanidad, encuentran su origen y/o mecanismos de perpetuación en muchas filosofías económicas generalmente aceptadas. La historia es bastante clara con respecto a cómo la condición social se acomoda a las presunciones económicas prevalecientes de un período determinado. Sin embargo, actualmente no se le da mucho peso a este fenómeno sociológico, cuando se piensa acerca de por qué el mundo es como es y por qué pensamos de la forma en que lo hacemos.

Un punto importante, que abordaremos a profundidad más adelante, es la señalada dualidad en el pensamiento económico moderno, en el que el “libre mercado capitalista”, es decir, los actos “libres” de los productores independientes, trabajadores y comerciantes, trabajando en conjunto para comprar, vender y emplear, a de ser contrastado con las del “Estado”,[1. Una definición menos generalizada del libre mercado es “un sistema económico en el que los precios y salarios son determinados por la libre competencia entre las empresas, sin regulación gubernamental o miedo de los monopolios” (Dictionary.com, 2014).] es decir, un sistema unificado de poder delegado, que tiene la capacidad legal para establecer políticas y mandatos económicos que pueden inhibir la acción del “libre mercado” a través de la interferencia. La mayoría de debates económicos de hoy, giran alrededor de esta dualidad, con el  interés en el laissez-faire de aquellos que desean tener una economía de mercado completamente no regulada, constantemente en guerra con los estatistas, o aquellos que piensan que lo mejor es algún tipo de control gubernamental y toma de decisiones centralizado sobre la planificación y las políticas económicas.

El Movimiento Zeitgeist no toma ninguna de las partes, a pesar de que muchos de los que oyen las propuestas del MZ tienen una reacción instintiva a asociarlo con el estatismo.[2. Tal como se describe en ensayos posteriores, la categorización falsa de que el Movimiento Zeitgeist es estatista, se origina de su oposición a los principios del mercado, los cuales son insostenibles y contraproducentes. El estatismo, que puede tomar muchas formas (comunista, fascista o socialista), aboga por una autoridad central que decida sobre el desarrollo del proceso económico/político, con poca o ninguna influencia de la población en general. El MZ apoya un proceso de toma de decisiones abierto, bajo la imposición de leyes comprobadas científicamente de sostenibilidad y eficiencia.] Al igual que con muchos sistemas de creencias tradicionales, las perspectivas polarizadas y defensivas son comunes. La idea de que no hay otro marco de referencia posible con respecto a cómo un sistema económico puede ser desarrollado y administrado, es aislarse dogmáticamente de muchas consideraciones emergentes relevantes.

A continuación trataremos brevemente el desarrollo histórico de la economía. Rastreamos la historia general del pensamiento económico desde el siglo XVII en adelante, destacando las influencias centrales que dieron origen al sistema de “libre” mercado capitalista. Aludimos también a una perspectiva diferente de factorización económica a la que denominaremos “mecanicista”, la cual construye un modelo económico desde el punto de vista de la razón estratégica, no la tradición histórica.

El pensamiento económico moderno no es moderno en absoluto y la gran mayoría de conceptos que se dan por sentado, tales como propiedad, dinero, clasismo, las teorías del valor, del capital — que son parte de virtualmente todos los argumentos históricos contextualmente relevantes —  son realmente anticuados en sus premisas subyacentes. El desarrollo de las ciencias industriales, informáticas y humanas, que ha sido en gran parte ignorado por la tradición económica establecida, plantea consideraciones críticas y nuevas relaciones que simplemente no existen en los modelos tradicionales.[3. La noción de externalidad, descrita más adelante, es un ejemplo de ello. La mayoría de costos ambientales y sociales inherentes al enfoque de mercado, la pérdida de eficiencia y prosperidad, y muchos otros factores importantes son ignorados en la ecuación teórica del mercado.]

Gracias a las siempre mutantes “escuelas” de pensamiento que han llevado el debate económico a lo que es hoy en día, la teoría económica establecida (y practicada) parece haber desarrollado un marco autorreferente.[4. El filósofo económico John McMurtry (1999, p. 7) declaró al respecto: “Esta tendencia prevalece a partir de la época de los racionalistas continentales. Leibniz, Spinoza, Descartes, Berkeley, Kant y Hegel, por ejemplo, suponían que el régimen social de su época y sus formas constitutivas eran, en cierta forma, la expresión de la mente Divina, y veían como su deber racional únicamente el aceptarlo o justificarlo”.] En otras palabras, encontraremos que las corrientes económicas más discutida/aceptada hoy en día, la más propagada en las escuelas académicas y conferencias gubernamentales más prestigiosas, derivan su importancia del simple hecho de que así han sido consideradas por largo tiempo. Es similar a ver el motor de un automóvil y suponer que la estructura de los componentes de ese motor es inmutable y únicamente la variación de los componentes ya existentes es posible, en contraposición a la idea radical de rediseñar la estructura completa del motor, desde cero, tal vez basados en nuevas tecnologías e información que sirve a un uso más eficiente y exitoso.

El pensamiento económico “moderno” y su práctica son un viejo motor, con generaciones de “expertos” administrando viejos componentes, negándose a aceptar la posibilidad de que el motor entero es anticuado y quizá cada vez más perjudicial. Continúan publicando argumentos, teorías y ecuaciones que refuerzan la falsa importancia de ese viejo motor (del viejo marco de referencia), ignorando los nuevos advenimientos en ciencia y tecnología que contradicen su tradicionalismo. No es diferente a la larga historia de otras ideas “establecidas”, como la abyecta esclavitud humana, donde la mayoría de la sociedad no cuestionaba la práctica, y consideraba a este tipo de estructuras establecidas, impuestas y codificadas, como “naturales” a la condición humana.[5. A pesar de que a Aristóteles se le atribuye una amplia contribución científica, lógica y filosófica, él estuvo a favor de la esclavitud y justificó esa realidad con lo que fácilmente se podría argumentar, eran prejuicios y no mediante el uso de la razón. En su obra Política (libro I, cap. 2), escribió: “Es preciso ver ahora si hay hombres que sean tales por naturaleza o si no existen, y si, sea de esto lo que quiera, es justo y útil el ser esclavo, o bien si toda esclavitud es un hecho contrario a la naturaleza. La razón y los hechos pueden resolver fácilmente estas cuestiones. La autoridad y la obediencia no son sólo cosas necesarias, sino que son eminentemente útiles. Algunos seres, desde el momento en que nacen, están destinados, unos a obedecer, otros a mandar”.]

Temas Subyacentes

Desde una perspectiva histórica, la Europa medieval[6. La Edad Media, Medievo o Medioevo es el período histórico de la civilización occidental comprendido entre el siglo V y el XV.] es el punto de partida ideológico donde las ideas centrales del capitalismo moderno, que más tarde se extendieron por todo el mundo, parecen haber echado raíces (Chapman & Powers, 1966). Es en el siglo XVII donde encontramos a la mayor parte de los filósofos más influyentes y respetados actualmente en los libros de historia de la economía. Si bien los historiadores han descubierto que la noción de “propiedad” y el acto de “comercio con fines de lucro” se remontan al segundo milenio  antes de la Era Común (Warburton,2003, p. 49), su más importante desarrollo e institucionalización parece haberse dado en los períodos finales del feudalismo e inicios del mercantilismo.

En lugar de discutir las diferencias entre los sistemas socioeconómicos que precedieron al capitalismo moderno, es mejor tener en cuenta las similitudes generales. En este contexto, el sistema capitalista parecería ser la evolución manifiesta de las presunciones históricas sobre la naturaleza y las relaciones sociales humanas más profundamente arraigadas.[7. El concepto de desarrollo económico emergente parece ser un concepto relativamente nuevo, introducido por Thorstein Veblen a comienzos del siglo XX. Para quienes gusten profundizar sobre el tema de la evolución económica, se recomienda la obra de Hodgson: Economía institucional y evolutiva contemporánea (2007), disponible en su sitio web.]

En primer lugar, veremos cómo una división de clases ha sido reconocida y utilizada en un grado u otro. La gente ha sido dividida, en general, en dos grupos.[8. Históricamente, la distinción de “clases” en categorías específicas carece de significado exacto. Sin embargo, siempre hemos tenido la presencia de una clase claramente dominante, sea la nobleza medieval o la oligarquía financiera moderna.] Aquellos que producen por una mínima recompensa y aquellos que se benefician de esa producción. Desde la esclavitud del antiguo Egipto (Rodríguez, 1997), pasando por el campesino agricultor laborando por subsistir para “su señor” en el feudalismo medieval (Stephenson, 1956), hasta la opresión codificada de los comerciantes mediante los monopolios estatales del mercantilismo (Ekelund Jr. & Hébert, 2013), el tema de la desigualdad ha sido muy claro y consistente.

Una segunda característica que tienen en común estas filosofías socioeconómicas occidentales dominantes, es un desconocimiento básico (o tal vez ignorancia), de las relaciones críticas entre la especie humana y el hábitat gobernante que la soporta. Si bien podemos encontrar ciertas excepciones en tribus indígenas como con las sociedades pre-coloniales de nativos estadounidenses (Weaver, 1996), el pensamiento económico occidental ha sido casi totalmente desprovisto de tales consideraciones, eso por no mencionar los problemas ecológicos[9. Una lista de los problemas ecológicos que enfrenta la humanidad sería demasiado extensa. Desestabilización del clima, contaminación, agotamiento de recursos, pérdida de la biodiversidad y otras amenazas para la salud pública, merecen cada una un desglose que llevaría cientos de páginas. En opinión del MZ, estos temas son principalmente resultado de la premisa capitalista y de sus enfoques y valores.] más recientes no resueltos que han forzado una respuesta pública/gubernamental y han generado un interés por “reformar” el sistema económico.

Una tercera y última característica general a destacar, es la desestimación del bienestar personal (y en general de las necesidades humanas) y, por tanto, de la salud pública. Los avances en las ciencias humanas que se produjeron después de que las doctrinas básicas del pensamiento económico se hicieran tradicionales y se codificaran, han encontrado que deseos y necesidades humanas[10. Los patrones de consumo de la sociedad moderna le han otorgado un carácter arbitrario a los deseos humanos, ejemplo de ello es el profundo cambio de valores experimentado en el siglo XX con la aplicación de la publicidad moderna. Las necesidades humanas, sin embargo, son requisitos básicos para mantener la salud física y psicológica, comunes a todos.] no son lo mismo y la privación de estas últimas puede crear muchas consecuencias negativas no sólo para el individuo, sino para la propia sociedad. Se ha encontrado que el comportamiento antisocial, “criminal” y violento, por ejemplo, es causado por muchas formas de privación social arraigadas en la tradición socioeconómica.[11. Véase el ensayo salud pública.] En términos generales, el sistema económico actual ignora tales consecuencias sociales en su diseño mismo, relegando a estos resultados como meras “externalidades” en la mayoría de casos.

Esta realidad se agravó aún más en el siglo XVIII, donde el tinte de darwinismo social[12. Ideología que busca aplicar conceptos biológicos como el darwinismo o la supervivencia del más apto, a la sociología y la política. El término fue popularizado en los Estados Unidos en 1944 por el historiador Richard Hofstadter. Conceptos similares, sin embargo, aparecen en el pensamiento filosófico mucho antes que Darwin.] de la premisa de “trabajar para obtener recompensar”, redujo cada vez más al ser humano a un objeto que iba a ser definido y calificado por su contribución al sistema de trabajo. Si la persona promedio no puede obtener trabajo o participar con éxito en la economía de mercado, no existe una garantía real para su supervivencia o bienestar, a excepción de la “interferencia” que viene del Estado en forma de “asistencia social”. En los tiempos modernos — donde el “socialismo” se ha convertido en una reacción condenatoria instintiva, siempre que la política gubernamental trata de proporcionar apoyo directo a la ciudadanía sin usar el mecanismo de ventas y/o trabajo del mercado —  esta realidad es de muy controvertida.

Albores del capitalismo de libre mercado

El feudalismo medieval (siglos IX al XVI) fue el sistema socioeconómico que precedió al capitalismo de libre mercado en la Europa occidental, siendo lo que más tarde se denominaría como mercantilismo una etapa de transición.

El feudalismo se basaba en un sistema de servicio y obligaciones mutuas yendo arriba y abajo en un conjunto social jerárquico, con todo el sistema social descansando esencialmente sobre una base agrícola. La sociedad medieval era principalmente una sociedad agraria y la jerarquía social se basaba en las relaciones de los pueblos con la tierra. Las instituciones económicas básicas eran los gremios, y si alguien quería producir o vender un bien o servicio, por lo general, tenía que unirse a un gremio (Stephenson, 1942). Mucho se puede decir en detalle acerca de este extenso período de la historia y, como con la mayoría, está sujeto a diversas interpretaciones y debates. Sin embargo, por el bien de este ensayo, sólo se presentará una visión muy general con respecto a la transición económica hacia el capitalismo de libre mercado.

Allá por el siglo XIII, con el avance y mejoras de las tecnologías agrícola y de transporte, se produjo la expansión del comercio. Con el advenimiento de la carreta de cuatro ruedas, por ejemplo, el rango de interacción del mercado aumentó rápidamente. También aumentaron la especialización del trabajo, las concentraciones urbanas y el crecimiento demográfico (Miskimin, 1975, p. 20). Estos cambios, aunados al crecimiento del poder de los mercaderes capitalistas resultante, lentamente debilitaron los lazos tradicionales, consuetudinarios que mantenían junta la estructura social feudal.

Con el tiempo, comenzaron a surgir ciudades más complejas, que tuvieron éxito en la obtención de independencia de los señores feudales y entonces sistemas de cambio, crédito y ley cada vez más complejos emergieron, muchos de los cuales se encuentran reflejados en aspectos básicos del capitalismo moderno. En el sistema feudal tradicional, generalmente el productor artesanal era también el vendedor directo. Sin embargo, al continuar la evolución del mercado en torno a estos nuevos centros urbanos, los artesanos empezaron a vender a granel con descuento, a comerciantes no productores, que revendían en mercados distantes a cambio de una ganancia, otra de las características que se volvió común en el capitalismo de mercado.

Ya para el siglo XVI, la industria artesanal del feudalismo se había transformado en un burdo espejo de lo que conocemos hoy en día, con la subcontratación de mano de obra, la producción de un solo dueño, con cada vez más gente encontrándose en la posición de ser “empleado” en lugar de producir por sí mismos. Eventualmente, la lógica del beneficio monetario, se convirtió sistemáticamente en el factor más importante y decisivo del accionar global y la semilla del capitalismo echó raíces. (Dobb, 1946, cap. 4).

El mercantilismo, que dominó la política económica de la Europa occidental desde el siglo XVI hasta finales del siglo XVIII (Henderson, 2002), se caracterizó por los monopolios de comercio impulsado por los Estados, para garantizar un resultado positivo en la “balanza comercial”,[13. Un balance positivo del comercio o superávit comercial consiste en exportar más de lo que se importó en valor monetario. Las acciones ejercidas por parte del Estado para obtener este tipo de resultados se engloban actualmente dentro del término proteccionismo.] junto con muchas otras regulaciones para la producción, los salarios y el comercio, lo que a su vez aumentó el poder del Estado. La colusión entre el Estado y estas industrias emergentes eran comunes y producto de ello se produjeron muchas guerras. Debido a que estas prácticas se basaban en restricciones al comercio entre naciones, a menudo tenían el efecto de una guerra económica (Spiegel, 1991, pp. 93-118).

Adam Smith, de quien hablaremos más adelante en este ensayo, escribió una extensa crítica al mercantilismo en su clásico texto, Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones (1958).[14. También conocida como Riqueza de las Naciones.] Es aquí donde se da el nacimiento ideológico del capitalismo de “libre mercado”, con el rechazo de lo que en términos modernos se denomina capitalismo de Estado, donde el Estado “interfiere” con la “libertad” del mercado, una característica definitoria del mercantilismo.[15. Murray Rothbard (2010), un destacado economista de la escuela austriaca moderna, resumió la perspectiva y críticas al estatismo de esta manera: “El mercantilismo, que alcanzó su apogeo en la Europa de los siglos XVII y XVIII, era un sistema de estatismo que empleaba la falacia económica para construir una estructura de poder estatal imperial, mediante subsidios especiales y privilegios monopólicos a los individuos o grupos favorecidos por el Estado. Así, el mercantilismo mantenía que las exportaciones deberían ser alentadas por el gobierno y las importaciones desalentadas”.]

Hoy en día, el término “capitalismo” se define culturalmente en el contexto teórico del “libre mercado” y no se refiere al capitalismo de Estado, aunque muchos argumentarán sobre qué tipo de sistema realmente tenemos actualmente. En realidad, no existe ningún sistema basado puramente en el “libre mercado” o en el “Estado”, sino una compleja fusión entre los dos. Esto a pesar de que, como se ha señalado al comienzo de este ensayo, la gran mayoría de los debates y acusaciones económicas con respecto al desarrollo económico, a menudo giran en torno a estas ideas polarizadas.[16. Como se argumenta en el ensayo trastorno del sistema de valores, esta dualidad es falsa, o al menos  discutible.]

Capitalismo

El capitalismo,[17. De aquí en adelante, vamos a utilizar el término capitalismo en su acepción más difundida, implicando el contexto teórico de libre mercado.] tal como la conocemos hoy, incluyendo no sólo su teoría económica, sino sus poderosos efectos políticos y sociales, emergió lentamente durante un período de varios siglos. No hay acuerdo total entre los historiadores económicos/teóricos en cuanto a cuáles son realmente las características esenciales del capitalismo. Nosotros, sin embargo, reduciremos su caracterización histórica (lo que algunos encontrarán probablemente discutible) a cuatro características básicas:

  1. Producción y distribución basadas en el mercado: La producción de mercancías se basa en relaciones bastante complejas y dependencias que no implican interacción personal directa entre productores y consumidores. La oferta y demanda son mediadas por el sistema de mercado.
  2. Propiedad privada de los medios de producción: Esto significa que la sociedad le otorga a particulares el derecho a dictar cómo pueden ser usadas las materias primas, las herramientas, la maquinaria y los edificios necesarios para la producción.
  3. Separación de propiedad y trabajo: En resumen, una división de clases es una constante inherente donde el nivel capitalista superior,[18. Aunque un “capitalista” puede ser considerado una persona a favor de este enfoque económico, una definición más precisa denota una persona que tiene capital, especialmente en grandes cantidades, invertido en empresas comerciales (Dictionary.com, n.d.). En otras palabras, se trata de una persona que posee o invierte capital por un retorno o ganancia, pero que no tiene obligación en contribuir a la producción o al trabajo.] por definición histórica, posee los medios de producción, aunque no tiene la obligación de contribuir a la producción misma. Todo lo producido por los trabajadores, que sólo son dueños de su propio trabajo, es propiedad del capitalista, por autoridad legal.
  4. Maximización del interés personal: Para el buen funcionamiento del capitalismo son necesarios intereses individualistas, competitivos y codiciosos pues se requiere de una presión constante al consumo y al crecimiento para evitar las recesiones, depresiones y otros escenarios negativos. El sistema funcionaría sin inhibiciones si esta visión de comportamiento “racional”, donde todos los seres humanos actúan de una forma predeterminada, se mantuviera.[19. Un corolario de esto son las diversos teorías utilitaristas y de la elección racional comunes a la teoría microeconómica del libre mercado que trata de cuantificar las acciones humanas en torno a diversos modelos de comportamiento. Estos temas serán expandidos más adelante.]

Locke: Evolución de la propiedad

Un profundo trasfondo filosófico del sistema capitalista es el concepto de “propiedad”, para el cual el filósofo inglés John Locke (1632-1704) es una figura central. También citado en La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, Locke no sólo define la idea, sino que presenta una sutil pero poderosa contradicción.

En el capítulo V (“De la propiedad”) del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1994), publicado en 1689, Locke plantea una discusión con respecto a la naturaleza de la propiedad y su apropiación. Él dice:

El trabajo de su cuerpo y la labor producida por sus manos, podemos decir que son suyos. Cualquier cosa que él saca del estado en que la naturaleza la produjo y la dejó, y la modifica con su labor y añade a ella algo que es de sí mismo, es, por consiguiente, propiedad suya (Locke, 1994, sec. 27).

Esta declaración (que simbólicamente apoya lo que más tarde sería asociado con la teoría del valor del trabajo), propone la lógica de que el trabajo es “propiedad” del trabajador (dado que es su propio dueño), y que cualquier energía emanada de su trabajo, transfiere la propiedad al producto fabricado.

Su disposición filosófica es esencialmente derivada de una perspectiva cristiana:

Dios ha dado a los hombres el mundo en común, pero como se lo dio para su beneficio y para que sacaran de él lo que más les conviniera a su vida, no podemos suponer que fuese la intención de Dios dejar que el mundo permaneciese siendo terreno comunal y sin cultivar (sec. 34).

De esta declaración de la naturaleza “común” de la tierra y sus frutos para toda la humanidad antes de su “cultivo” por medio de la apropiación en la forma de propiedad, él también implica que los propietarios no deben permitir que nada se dañe — “que nada de lo hecho por Dios, lo destruya el hombre” (sec. 31) — y que deben dejar suficiente para los demás (“y esta apropiación de una parcela de tierra, lograda mediante el trabajo empleado en mejorarla, no implicó prejuicio alguno con los demás hombres, pues todavía quedaba [mucho e igual de bueno] para otros” (sec. 33).

Estos valores, bajo una perspectiva simplista, parecen socialmente justificables. Él deja claro hasta aquí que el contexto propiedad sólo es pertinente en la medida de las necesidades del propietario y su capacidad para cultivar o producir (sec. 36).[20. Locke dice: “La naturaleza lo hizo bien al establecer límites a la propiedad privada a través de límites a la cantidad de hombres que pueden trabajar y límites a lo que pueden necesitar. Ningún trabajo de ningún hombre podría dominar o apropiarse de toda la tierra; el disfrute de un hombre puede consumir sólo una pequeña parte, por lo que de esta manera, será imposible para cualquier hombre infringir el derecho de otro, o adquirir una propiedad en perjuicio de su vecino”.]

Sin embargo, en la sección 36 de este capítulo, él revela una realidad única, las implicaciones de lo que Locke probablemente no había previsto y, en muchos sentidos, anula todos los argumentos previos en su defensa de la propiedad privada. Afirma:

la ‘única cosa’ que bloquea esto es la invención del dinero, y el tácito consentimiento de asignarle un valor; esto fue posible, con el consentimiento de los hombres, el tener grandes posesiones y tener derechos sobre ellas.

En términos prácticos, su premisa original de que “cualquiera puede, a través de su trabajo, poseer todo lo que pueda usar para su ventaja antes de que se eche a perder; mas todo aquello que excede lo utilizable, le pertenece a los demás” (sec. 31) se hace muy difícil de defender ya que el dinero no sólo permite que los hombres “tengan grandes posesiones” — anulando implícitamente la idea de que “todo aquello que excede lo utilizable, le pertenece a los demás” — sino que además implica que el dinero puede comprar mano de obra, lo que invalida la idea de que él (en este caso un comprador) “mezcla su trabajo con eso, agregándole algo que le es propio, y de esa manera se convierte en su propiedad” (sec. 27).

Por último, la condición de “que nada de lo hecho por Dios, lo destruya el hombre” es anulada porque el dinero, en ese momento oro o plata, simplemente no se puede dañar.

Así es como el dinero empezó a utilizarse como algo duradero que los hombres pueden mantener sin que se dañase, y que por mutuo acuerdo intercambian por bienes verdaderamente útiles, pero perecederos, que soportan la vida (sec. 47).

Es aquí donde encontramos, al menos en el medio del discurso literario, la verdadera semilla para la justificación de la propiedad capitalista. El dinero, tratado como una mercancía abstracta (una presunta modalidad de la “mano de obra”), permitió un cambio de enfoque paulatino, tanto en la teoría como en la práctica, desde una producción relevante (el “cultivo” de Locke) hacia una mera mecánica de posesión y búsqueda del lucro.[21. El mercado de valores y la influencia ubicua de los poderes financieros y de inversión en el siglo XXI reflejan bien este éxito. Al parecer, el mero acto de propiedad y comercio, únicamente a través del dinero y sin necesidad de cultivar la producción o el servicio humano, se ha convertido en la industria más rentable en el mundo de hoy.]

Adam Smith

Adam Smith (1723-1790) es a menudo mencionado como uno de los filósofos económicos más influyentes en la historia moderna. Su obra, aunque naturalmente basada en el trabajo filosófico de muchos que le antecedieron, es a menudo considerada como un punto de partida para el pensamiento económico capitalista moderno. Alcanzando la madurez en los albores de la revolución industrial,[22. La revolución industrial tuvo lugar desde 1760 hasta algún momento entre 1820 y 1840. Según varios historiadores, comenzó en Europa y fue esencialmente la transición/aplicación de nuevos procesos de fabricación basados en la tecnología emergente.] Smith vivió en una época en donde las características inherentes del “modo de producción” capitalista se hacían cada vez más evidentes, dada la introducción de mercados y fábricas de producción concentrados y centralizados.

Como se ha señalado previamente, en 1776 publica su ahora mundialmente famosa Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones. Entre muchas observaciones pertinentes, Smith parece ser el primero en reconocer las tres categorías principales de ingresos en ese entonces: (a) ganancias, (b) rentas y (c) salarios; y su relación con las principales clases sociales de la época: (a) capitalistas, (b) terratenientes y (c) trabajadores. Vale la pena señalar que el papel de la renta y los terratenientes, que rara vez se discute en los tratados económicos modernos, era un punto de análisis común entonces, ya que los sistemas preindustriales eran en gran parte agrarios, destacando los terratenientes.[23. En las futuras teorías de mercado se eliminaría a los terratenientes de la clasificación, considerándolos simples propietarios.]

La contribución más conocida de Smith a la filosofía del capitalismo fue su defensa de que — a pesar de que los individuos puedan actuar de manera estrecha y egoísta para su propio beneficio o en el nombre de la clase o grupo al que pertenecen, y a pesar de que los conflictos individuales o de clase, parecen ser el resultado de estas acciones — existía una “mano invisible” que aseguraba un resultado social positivo a partir de intenciones personales y egoístas, mas no sociales. Este concepto fue presentado en sus dos obras: Teoría de los sentimientos morales (2010)[24. Donde escribió: “Los ricos sólo seleccionan del montón lo más preciado y agradable. Ellos consumen poco más que los pobres, y a pesar de su egoísmo y rapacidad natural, a pesar que solo buscan su propia conveniencia (…) Comparten con los pobres el producto de sus mejoras. Son llevados por una mano invisible a hacer casi la misma distribución de las necesidades de la vida que se habría hecho si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitantes y así, sin intentarlo, sin saberlo, avanzan el interés de la sociedad y obtienen medios para permitir la multiplicación de la especie”] y La riqueza de las naciones (1958).

En la última escribió:

Pero es sólo por su propio provecho que un hombre emplea su capital en apoyo de la industria; por tanto, siempre se esforzará en usarlo en la industria cuyo producto tienda a ser de mayor valor o en intercambiarlo por la mayor cantidad posible de dinero u otros bienes… En esto está, como en otros muchos casos, guiado por una mano invisible para alcanzar un fin que no formaba parte de su intención. Y tampoco es lo peor para la sociedad que esto haya sido así. Al buscar su propio interés, el hombre a menudo favorece el de la sociedad mejor que cuando realmente desea hacerlo. (vol. 4, cap. 2).

Este ideal casi religioso tuvo un efecto poderoso en la era posterior a Smith, otorgándole una característica de reivindicación social al comportamiento egoísta antisocial común a la psicología capitalista. Esta filosofía desarrollaría, en parte, los fundamentos de la economía neoclásica[25. No existe una definición estática de “economía neoclásica”. Sin embargo, una noción comúnmente aceptada incluye un gran interés en mercados “libres” no regulados, centrándose en la determinación de precios, productos, y en la distribución de ingresos en los mercados a través de la oferta y la demanda, a menudo mediada por la hipótesis de la maximización de las utilidades a costa de limitar los ingresos de los individuos y los costos para las empresas.] a finales del siglo XIX.

A continuación Smith, conociendo muy bien los conflictos de clase inherentes al capitalismo, pasa a examinar cómo algunos hombres ganan “superioridad sobre la mayor parte de sus hermanos”, reforzando cada vez más lo que fue considerado por posteriores teóricos como una “ley de la naturaleza” en relación con el poder humano y el sometimiento. Su visión de la propiedad estaba en armonía con John Locke. Profundizando en cómo la sociedad misma se manifiesta alrededor de ella, declaró: “El gobierno civil, por cuanto se instituye para la seguridad de la propiedad, es en realidad instituida para la defensa de los ricos contra los pobres, o de los que tienen alguna propiedad contra quienes no la tienen en absoluto”. (vol. 5, cap. 1).

La propiedad, como institución, también requiere de un medio para justificar un valor respectivo. Con este fin, varias “teorías del Valor” han sido y siguen siendo postuladas. Considerada como una derivación de la Política de Aristóteles, la contribución de Smith sigue siendo ampliamente citada como una influencia esencial. En efecto, Smith se basa en la premisa de “labor mezclado” de la producción/propiedad de Locke y la expande, creando una “teoría del valor del trabajo”.

El trabajo fue el primer precio, el precio de compra original que fue pagado por todas las cosas. No fue por el oro o la plata, sino por el trabajo, que toda la riqueza del mundo se compró originalmente, y su valor, para los que la poseen y quieren cambiarla por algunas nuevas producciones, es precisamente igual a la cantidad de trabajo que les permitió adquirirla o demandarla.

Muchos capítulos del Libro I de La riqueza de las naciones se dedican a explicar la naturaleza del precio/valor respectivo a sus categorías de ingresos/clase establecidas, “salario”, “renta” y “ganancias”. Sin embargo, se verá que su lógica es más bien circular en detalles como en que la estimación de precios encuentra su origen sólo en la estimación de otros precios en una cadena sin un verdadero punto de partida, aparte de la débil distinción del trabajo aplicado que, por supuesto, no tiene una calificación monetaria estática intrínseca. Este problema de ambigüedad en las dos teorías de valor dominantes en el mercado capitalista, trabajo y utilidad, será tratado en detalle más adelante.

En general, la teoría económica de Smith apoya el capitalismo del laissez faire como el más alto modo de operación socioeconómico, afirmando que se trata de un “sistema de libertad natural” donde “todo hombre, siempre y cuando no viole las leyes de la justicia, es perfectamente libre de perseguir su propio interés a su manera, y de poner a su industria y su capital en competencia con las de cualquier otro hombre” (vol. 4, cap. 9). Este último concepto, como se argumenta en el ensayo trastorno del sistema de valores, es una suposición bastante ingenua sobre la conducta humana y, efectivamente, una contradicción conceptual.

Malthus y Ricardo

Thomas Malthus (1766-1834) y David Ricardo (1772-1823) fueron dos líderes teóricos reconocidos de la política económica del siglo XIX. Eran “rivales amistosos” sobre algunas cosas, pero desde el punto de vista amplio de la historia, comparten prácticamente una misma perspectiva, estrechamente vinculada a la de Adam Smith.

La última Revolución Industrial en Europa y América fue un período de conflicto intenso. Numerosas revueltas y huelgas en respuesta a condiciones de trabajo aberrantes y abusivas, no sólo para los hombres, sino para las mujeres y los niños, fueron comunes. Esto dio lugar a los ahora comunes sindicatos y una batalla general entre trabajadores y propietarios que ha continuado desde entonces. Para enfatizar la magnitud de esta lucha de clases, en Inglaterra se impuso la Combination Law de 1799 en la cual básicamente se prohibió cualquier reunión de trabajadores para, en efecto, poder inhibir o influir en los intereses de sus empleadores.[26. Este poder de los intereses capitalistas para participar y, en muchos sentidos, convertirse en el gobierno para su propia ventaja competitiva también se discutirá en el ensayo trastorno del sistema de valores.]

El historiador Paul Mantoux, escribiendo sobre este período, comentó:

El absoluto y descontrolado poder del capitalista. En este sentido, la heroica época de las grandes empresas, se reconocía, confesaba e incluso se proclamaba con brutal franqueza. Era el negocio propio del empleador, él hacía lo que elegía y no consideraba que ninguna otra justificación fuese necesaria para su conducta. Le debía salario a sus empleados y una vez que estos eran pagados, no tenían ningún reclamo que hacerle (2013, p. 417).

Fue en medio de todo esto que Malthus y Ricardo contextualizaron invariablemente sus puntos de vista económicos y sociales.

La obra clásica de Malthus, Ensayo sobre el principio de la población (1846), se orienta esencialmente en torno a dos supuestos. El primero es que la estructura de clases de ricos propietarios y pobres trabajadores inevitablemente resurgirá sin importar qué reformas se intenten (cap. 5).[27. Malthus declara: “Ningún sacrificio posible de los ricos, sobre todo en dinero, podrá prevenir nunca la recurrente angustia entre los miembros inferiores de la sociedad, fuesen quienes fuesen”.] La consideraba una ley de la naturaleza. La segunda idea, una especie de corolario de la primera, es simplemente que la pobreza y el sufrimiento, y por ende las brechas económicas, eran consecuencias inevitables de la ley natural (cap. 10).[28. Escribe: “Se ve que por las inevitables leyes de nuestra naturaleza, algunos seres humanos tienen que sufrir miseria. Éstas son las infelices personas que, en la gran lotería de la vida, no han encontrado nada”]

Su tesis sobre la población se basa en la suposición de que “la población, cuando no se controla, aumenta en proporción geométrica. La subsistencia sólo aumenta en progresión aritmética” (cap. 1). Por lo tanto, si el nivel de vida de todos en la sociedad fuese incrementado, la gran mayoría respondería aumentando la cantidad de hijos. Entonces, la población sería empujada de nuevo a la pobreza pues la población aventajaría a la subsistencia. Era sólo a través de la “restricción moral” —  una cualidad social que según implica Malthus, le pertenece a la clase alta más respetable —  que este problema era corregido en el comportamiento. Evidentemente, la diferencia entre los ricos y los pobres fue el alto carácter moral de los primeros y la básica moral de estos últimos.[29. Cabe destacar que el Ensayo sobre el principio de la población es muy inexacto respecto a los factores relacionados con el crecimiento demográfico si uno lo analiza bajo la óptica de la estadística moderna. Además del efecto que la tecnología ha tenido en la expansión exponencial de las capacidades de producción y eficiencia, particularmente con respecto a la producción de alimentos, la generalización de que más altos niveles de vida incrementan la población proporcionalmente, no se soporta en la comparación regional. Los países pobres se reproducen, hoy en día, más rápidamente que los países ricos. La cuestión parece ser un fenómeno cultural, religioso y educativo, no una rígida “ley de la naturaleza”, como Malthus concluyó.]

La condición cultural intuitiva ha tenido mucho que ver con las premisas existentes de pensamiento que han guiado las operaciones económicas hasta los tiempos modernos. Aunque en la actualidad muchos podrían descartar a Malthus y sus claramente anticuadas ideas, las semillas fueron plantadas profundamente en las doctrinas económicas, los valores y las relaciones de clases que se produjeron durante y después de su tiempo. De hecho, aquellos de mentalidad más “conservadora” todavía citan variaciones sobre su teoría de la población, cuando se trata de lidiar con países menos desarrollados económicamente.

Malthus, Locke y Smith, eran además profundamente cristianos, lo que se evidencia en sus marcos de referencia, donde se presentan expresiones directamente extraídas de las “Sagradas Escrituras” o interpretaciones de las mismas. Malthus enmarca su “restricción moral” en la insinuación de que un verdadero cristiano denunciaría tales vicios básicos con rectitud y también aceptaría la miseria inevitable necesaria para evitar que la población de sobrepase la subsistencia de recursos. Malthus era un gran defensor de la abolición de lo que entonces se llamaba “leyes para los pobres”, como también lo fue David Ricardo. Lo mismo sucede hoy con el debate respecto a las leyes y programas de “bienestar social” o “asistencia pública” para ayudar a los pobres (DeParle, 1994).

Ricardo esencialmente aceptaba la teoría de la población de Malthus y sus conclusiones sobre la naturaleza y causas de la pobreza, pero no estuvo de acuerdo con algunas teorías económicas, elementos tales como la teoría maltusiana del valor, la teoría del exceso y ciertos supuestos sobre las clases. Dado que la mayoría de estos desacuerdos en los detalles son corolarios a este amplio (y sin duda anticuado) debate, nos enfocaremos en las contribuciones más notables de Ricardo al pensamiento económico.

En 1821, Ricardo terminó la 3ra edición de su influyente Principles of Political Economy and Taxation [Principios de economía política y tributación] (1962). En el prólogo, afirma su interés:

El producto de la tierra… todo lo que se deriva de su superficie mediante la aplicación unificada del trabajo, la maquinaria y el capital, se divide en las tres clases de la comunidad, es decir, el propietario de la tierra, el propietario de las acciones del capital necesario para su cultivo, y los trabajadores por cuyo esfuerzo se cultiva. El determinar las leyes que regulan esta distribución, es el problema principal de la economía política (p. 272).

Aunque criticó ciertos aspectos de la teoría del valor-trabajo de Adam Smith, él seguía apoyando sus elementos centrales, declarando: “Una vez que poseen utilidad las mercancías reciben su valor de cambio de dos fuentes: de su escasez, y de la cantidad de trabajo necesario para obtenerlas” (p. 5). Al igual que Smith, él explica: “Si la cantidad de trabajo realizado en bienes regula su valor de cambio, cada aumento en la cantidad de trabajo, debe aumentar el valor del bien sobre el cual se ejerce y cada disminución debe bajarlo” (p. 7).

En consecuencia, Ricardo veía la sociedad y a la división de clases de su tiempo desde el punto de vista laboral y, lógicamente, entendía que los intereses de los trabajadores y los capitalistas se oponían. “Si los salarios debían aumentar” decía “las ganancias necesariamente caerán” (p. 64). Sin embargo, a pesar de que esta falta de armonía alude a un interés fundamental de cada clase en trabajar por obtener una ventaja sobre la otra para su beneficio, a menudo resulta en un desequilibrio general en gran parte debido al poder de los propietarios capitalistas de controlar el trabajo (y dictar política), junto con la llegada de la mecanización (aplicación de la máquina) que sistemáticamente reduce la necesidad de mano de obra en los sectores donde se aplica, él alude a la convicción de que la teoría del capitalismo, si se aplica correctamente, siempre creará pleno empleo en el largo plazo.

En cuanto al tema específico de la aplicación de maquinaria desplazando la mano de obra en beneficio del fabricante, afirma:

El fabricante que puede recurrir a una máquina que [bajaría los costos] de la producción de su mercancía, gozaría de ventajas especiales si pudiera seguir cobrando el mismo precio por sus productos, pero se vería obligado a bajar el precio de sus mercancías una vez que se popularice la maquinaria o el capital fluiría a su competencia [el precio disminuiría] hasta que sus utilidades hayan descendido al nivel general. Entonces, el público se beneficia de la maquinaria” (p. 53).

Sin embargo, al igual que con otros aspectos de sus escritos, la contradicción es común. Mientras se mantiene la idea básica de que el público en general se beneficiaría de la introducción de la maquinaria desplazadora de mano de obra bajo el supuesto de que los precios del mercado disminuirían y los desplazados siempre se relocalizarían en nuevas plazas de trabajo, Ricardo comienza el capítulo 31 diciendo:

Desde la primera vez que dirigí mi atención a las cuestiones de la economía política, he sido de la opinión de que… la aplicación de maquinaria a cualquier rama de la producción tiene el efecto de ahorro de mano de obra, que es bueno en general… [pero] la sustitución de mano de obra por maquinaria es a menudo muy perjudicial para los intereses de la clase de los trabajadores (pp. 263-264).

Más tarde recalifica el argumento al afirmar que

Espero que las declaraciones que he hecho no nos lleven a la conclusión de que el uso de maquinaria no debe ser alentado. Para dilucidar el principio, he estado suponiendo que la maquinaria mejorada es descubierta de repente, y se utiliza ampliamente, pero la verdad es que estos descubrimientos son graduales, y más bien operan en la determinación de si el capital que se guarda y acumula, es un capital que se desvía de su empleo actual (p. 267).

Su desestimación general de la cuestión de seres humanos desplazados por máquinas, que más tarde sería llamado “desempleo tecnológico”[30. Revisaremos este tema en profundidad en la Parte III, presentando las consecuencias de la aplicación tecnológica, aparentemente ignoradas por los teóricos económicos importantes de la historia moderna.] es también común en muchos otros economistas que le siguieron, entre ellos John Maynard Keynes (1883-1946) quien, respecto a la presunción de “ajuste” de Ricardo, declaró:

Estamos siendo afectados por una nueva enfermedad de la que algunos lectores pueden no haber oído el nombre, pero del que se hablará mucho en los años por venir, se llama desempleo tecnológico. Esto significa, el desempleo debido a nuestro descubrimiento de medios para economizar el uso de mano de obra, dejando atrás el ritmo al que podemos encontrar nuevos usos para el trabajo. Pero esto es sólo una fase temporal de desajuste. Todo esto significa en el largo plazo, que la humanidad está resolviendo su problema económico (Keynes, 1933).

Como punto final con respecto a Ricardo, a él también se le reconoce su contribución al “libre comercio” internacional, específicamente su teoría de la ventaja comparativa, junto con la perpetuación de la básica de la “mano Invisible” de Adam Smith. Ricardo dice:

En un sistema de comercio perfectamente libre, cada país naturalmente, dedica su capital y mano de obra a los empleos que resulten más beneficiosas para cada quien. Esta búsqueda de la ventaja individual está admirablemente relacionada con el bien universal del todo. Estimulando la industria, gratificando el ingenio y utilizando más eficazmente los peculiares poderes otorgados por la naturaleza, se distribuye el trabajo más eficiente y económicamente: mientras que, aumentando producción en masa, se difunde beneficio general, juntando por medio de un lazo común de interés y comercio, la sociedad universal de las naciones de todo el mundo civilizado (Ricardo, 1962, p. 81).

Teorías de valor y comportamiento

Hasta este punto, se han discutido brevemente las características centrales inherentes a la filosofía capitalista así como las contribuciones de cuatro de las figuras históricas más importantes de la misma. Notarán que, en esta visión, subyacen presunciones sobre la conducta humana, las relaciones sociales (de clases), junto con una lógica “metafísica” del mercado en la que todo saldría bien si los jugadores del mercado adoptaran ciertos valores y una perspectiva egoísta, y si hay poca restricción al mercado.

En ninguna parte de los textos de estos pensadores, ni en la gran mayoría de las obras producidas posteriormente por los teóricos a favor del “libre mercado” del capitalismo, se discute la estructura y procesos de producción y distribución propiamente dichos. Hay una desconexión explícita entre industria y negocio, el primero relacionado con el proceso técnico/científico de desarrollo económico auténtico y el último únicamente relacionado con la dinámica codificada del mercado y la búsqueda del lucro. Como se verá en un momento, un problema fundamental inherente al modo de producción capitalista es cómo los avances, desde el enfoque industrial, que potencialmente pueden solucionar problemas y acercarnos a la prosperidad, han sido bloqueados por el principio tradicional, y aparentemente inmutable, de enfoque de negocios. Este último ha regido las acciones del primero, ocasionando su detrimento.

También podemos ver esta desconexión en otras áreas, tales como las teorías dominantes del trabajo, el valor y el comportamiento humano, las cuales inevitablemente sirven para justificar la institución del capitalismo. Como ya se ha señalado, la teoría del valor-trabajo, popularizada por Locke, Smith y Ricardo, propone que el valor de un producto es relativo al trabajo necesario para producir u obtener ese producto. Sin importar cuán aceptable sea esta idea desde una perspectiva intuitiva, hay muchos niveles de ambigüedad cuando se trata de cuantificarla. Persisten muchas objeciones históricas, diferentes tipos de trabajo que requieren diferentes habilidades y salarios, por ejemplo, no puedan ser combinados adecuadamente. También existen cuestionamientos sobre la forma de contabilizar los recursos naturales y la inversión en “capital de trabajo”.

El crecimiento de los “bienes de capital”[31. Se define a bienes de capital como “cualquier activo tangible que una organización utiliza para producir bienes o servicios, como edificios de oficinas, equipos y maquinaria. Los bienes de consumo son el resultado final de este proceso de producción” (Investopedia, n.d.)] en el siglo XX, por fenómenos como la automatización del trabajo, también presenta desafíos para el concepto de valor derivado del trabajo de las Teorías del Trabajo ya que, después de cierto punto, el valor del trabajo inherente a la producción máquinas — que hoy en día, a menudo funcionan para producir más máquinas, disminuyendo el esfuerzo humano en el proceso de producción a través del tiempo — presenta una transferencia de valor aún más diluida en este contexto. Algunos economistas contemporáneos han sugerido — basados en el rápido avance en los campos de la información y las ciencias tecnológicas —  que el uso de la automatización y la inteligencia artificial, bien podrían remover a los humanos como mano de obra, casi por completo. De repente, el capital se ha convertido en trabajo (Rifkin, 2011).

Esta ambigüedad se extiende también a las teorías de valor rivales postuladas por los economistas, entre las que destaca la llamada la teoría utilitarista del valor. Mientras que la teoría del valor-trabajo toma la perspectiva del trabajo o de la producción, la teoría utilitarista toma la “perspectiva del mercado”, lo que significa que el valor no se deriva del trabajo, sino del propósito (o utilidad) vinculado a su uso (valor de uso), tal como lo percibe el consumidor.

El economista francés Jean-Baptiste Say (1737-1832) es uno de los principales exponentes de la teoría utilitarista. A pesar de haberse proclamado discípulo de Adam Smith, difería con él sobre el tema del valor, y escribía que

Después de haber manifestado (…) todos los progresos que la economía política debe á Smith, no me parece fuera de propósito indicar tambien sumariamente algunos de los puntos en los que ha errado (…) Smith atribuye á solo el trabajo del hombre la producción de los valores, lo cual es manifiestamente un error [SIC] (Say, 1816, p. cix).

Él intenta explicar cómo el valor de cambio (precio), de cualquier bien o servicio depende enteramente de su valor de uso (utilidad), al afirmar que

Si los hombres dan valor á una cosa es en razon de sus usos. Permítaseme llamar utilidad á aquella facultad que tienen ciertas cosas para poder satisfacer las diversas necesidades del hombre. Crear objetos que tienen utilidad es crear riquezas; porque siendo la utilidad el primer fundamento del valor, éste es el que constituye la riqueza. (…) Pero de que el precio sea la medida del valor, y éste de la utilidad, no debe deducirse la disparatada consecuencia de que se aumentará la utilidad de las cosas siempre que se encarezcan, aunque sea por medios violentos. Nunca nos dará el valor permutable [o precio] ó apreciable una idea aproxîmada de la utilidad de las cosas [SIC] (pp. 3-5).

La teoría utilitaria del valor es diferente de la teoría del trabajo no sólo en la obtención del valor, sino también en el razonamiento subjetivo con respecto a las decisiones humanas en el mercado. El utilitarismo,[32. Jeremy Bentham, un notable defensor del utilitarismo clásico, declaró: “La naturaleza ha colocado a la humanidad bajo el gobierno de dos amos soberanos, el dolor y el placer. Es sólo por ellos que sabemos lo que debemos hacer (…) El principio de utilidad, se entiende como el principio que aprueba o desaprueba cualquier acción de acuerdo con la tendencia a aumentar o disminuir la felicidad de la parte interesada en cuestión (o) lo que promueve o se opone a esa felicidad. Digo cualquier acción y, por lo tanto, no sólo me refiero a las acciones privadas, sino también a todas las medidas del gobierno” (Bentham, 2013).] que es profundamente característico de las presunciones microeconómicas presentados por los economistas neoclásicos contemporáneos, a menudo se modela en complejas fórmulas matemáticas en un esfuerzo por explicar cómo los seres humanos “maximizan su utilidad” en el mercado, específicamente en torno a las ideas de aumentar la felicidad y reducir el sufrimiento.

Implícitos en estas ideas sobre la conducta humana están, como sucede con la mayor parte de la teoría económica, valores tradicionales. El economista Nassau Senior (1790-1864) defendió un tema que todavía es recurrente, que las necesidades humanas son infinitas:

Lo que queremos decir es, que ninguna persona siente que todos sus deseos son suplidos adecuadamente: que toda persona tiene algunos deseos insatisfechos que cree que una mayor riqueza puede satisfacer (Senior, 1836, p. 27).

Declaraciones similares sobre la naturaleza humana son constantes en dichos tratados, con las nociones de codicia, miedo y otros reflejos hedonistas. Suponiendo, entre otras cosas, que la adquisición de materiales, riqueza y ganancia son inherentes a la felicidad.

Hoy en día, la perspectiva microeconómica dominante es que todo comportamiento humano se puede reducir a los intentos racionales y estratégicos para maximizar el lucro o las ganancias y para evitar el dolor o la pérdida. Los argumentos utilitaristas de esta naturaleza se siguen utilizando para justificar moralmente el capitalismo competitivo de “libre mercado”. Un ejemplo de esto es la noción de “voluntariedad” y la sugerencia de que las acciones en el mercado nunca son obligadas, por lo que cada uno es libre de tomar sus propias decisiones para su propio beneficio o pérdida. Esta idea es muy común hoy en día, como si esos “intercambios libres” existieran en un vacío sin otras presiones sinérgicas; como si las presiones por la supervivencia en un sistema con tendencias claras hacia la lucha de clases y la escasez estratégica no generasen una coerción que obliga a los trabajadores a someterse a la explotación capitalista.[33. Discutiremos más acerca de este asunto en el ensayo Clasicismo estructural.]

El modelo utilitarista (hedonista, competitivo, y “para siempre insatisfecho”) de la naturaleza humana es probablemente la defensa más común del sistema capitalista actual. Es, en muchos sentidos, tanto una teoría psicológica del comportamiento de las personas como una teoría ética de cómo deben comportarse, podría decirse que se apoya en una lógica retroactiva que a menudo pone a la teoría del mercado ante la realidad del comportamiento humano, teniendo que adaptarse esta última a la primera.

Cuando se considera plenamente la perspectiva utilitarista, emergen dos problemas graves. Primero, es virtualmente imposible encontrar previsibilidad en tales fronteras de “placer y dolor” después alcanzar cierto nivel social. No hay ningún medio empírico para comparar la intensidad de un sentimiento de placer de un individuo a otro, más allá de la suposición de preferir ganancia sobre pérdida. Aunque la teoría utilitarista del valor podría ser lógica desde un punto de vista general abstracto, no cuantificado, tales dinámicas emocionales son, en realidad, susceptibles a severas variaciones.

La experiencia de vida de una persona, comparada con otra, podría encontrar semejanzas con respecto a su condicionamiento personal a las respuestas de placer y dolor, pero rara vez encontraremos una concordancia paralela en ningún detalle. A pesar de que los placeres individuales constituyen el criterio “moral” en el utilitarismo, no hay realmente ninguna manera en que podamos hacer este tipo de juicios entre los placeres de dos individuos. El economista Jeremy Bentham, a menudo considerado el padre del utilitarismo, lo reconoció: “Prejuicios aparte, el juego de las tachuelas tiene el mismo valor que el arte y la ciencia de la música y la poesía. Si el juego de las tachuelas proporciona más placer, es más valioso que cualquier otro” (Bentham, 1825, cap. 1).

El segundo problema es la naturaleza miope de la supuesta reacción emocional. Los seres humanos siempre han expresado un interés racional de sufrir en el presente con el fin (o la esperanza) de ganar en el futuro. El altruismo, el cual ha sido objeto de amplio debate filosófico, muy bien podría tener sus raíces en formas de “placer” obtenidos mediante actos desinteresados (dolorosos) en beneficio de los demás. Como se verá más adelante, la premisa de dolor/placer presentada por tales argumentos, reforzada por una reacción impulsiva de lucro, se ha convertido en un patrón recompensado socialmente. Esto ha generado una mentalidad donde se busca el beneficio a corto plazo, a menudo a expensas de cierto sufrimiento a largo plazo.

El utilitarismo, sin embargo, ofrece un mecanismo ecualizador bizarro, ya que puede ser asociado al intercambio de mutuo acuerdo y, por lo tanto, es una manera de entender al capitalismo como un sistema de armonía social, y no de guerra. La teoría del trabajo muestra claramente un conflicto, pues toma en cuenta la relación costo-eficiencia buscada por el capitalista, a costa del salario de los trabajadores. La teoría utilitaria del valor, por otro lado, elimina estas ideas generales y afirma que todo el mundo está en busca de lo mismo y por lo tanto, independientemente de la estructura, todo el mundo es igual. En otras palabras, todos los intercambios son igualmente beneficiosos para todo el mundo bajo una lógica abstracta, estrecha y absurda. Todas las acciones humanas se reducen a este sistema de “intercambio” y, en teoría, todas las distinciones políticas o sociales desaparecen.

La insurrección “socialista”

El socialismo, como el capitalismo, no tiene una definición universalmente aceptada, pero técnicamente se define como “un sistema económico caracterizado por la propiedad social de los medios de producción y la gestión cooperativa de la economía” (Encyclopædia Britannica, 2015). La raíz del pensamiento socialista parece provenir de la Europa del siglo XVIII, con una compleja historia de “reformadores” trabajando para desafiar al sistema capitalista emergente. Gracchus Babeuf (1760-1779) es un teórico notable en esta área, mediante la conspiración de los iguales,[34. La “Conspiración de los Iguales” (La conjuration des Égaux) fue un movimiento revolucionario que se desarrolló hacia 1795-1796 en Francia.] trató de derrocar al gobierno francés. Él declaró: “La sociedad debe hacerse funcionar de tal manera que se erradique de una vez por todas el deseo del hombre para llegar a ser rico, más sabio, o más poderoso que otros” (Babeuf, 1967). El anarcosocialista francés Pierre Joseph Proudhon (1809-1865) es famoso por declarar en su obra ¿Qué es la propiedad?: investigaciones sobre el principio del derecho y del gobierno que “la propiedad es robo”.

A comienzos del siglo XIX, las ideas socialistas se expandían rápidamente, en respuesta a la percepción de los problemas morales y éticos inherentes al capitalismo, como el desequilibrio de clases y la explotación. La lista de pensadores influyentes es vasta y compleja, así que, discutiremos los aportes más relevantes de tan sólo tres de ellos: William Thompson, Karl Marx y Thorstein Veblen.

William Thompson (1775-1833) fue una gran influencia en el pensamiento socialista. Apoyaba la idea de las cooperativas popularizada por Robert Owen como una especie de alternativa al modelo de negocios capitalista y, filosóficamente, tomó una perspectiva utilitarista en lo que respecta a la conducta humana. Estuvo muy influenciado por Bentham, pero su uso e interpretación del utilitarismo eran bastante diferentes. Por ejemplo, él creía que si todos los miembros de la sociedad reciban un trato igual, en lugar de dedicarse a la lucha de clases y a la explotación, tendrían igual capacidad para experimentar la felicidad (Thompson, 1824, p. 17).

Argumentó extensamente para una especie de “socialismo de mercado”, donde prevalecían el igualitarismo y la equidad en su famosa obra An inquiry into the principles of the distribution of wealth most conducive to human happiness; applied to the newly proposed system of voluntary equality of wealth (1824), dejó en claro que el capitalismo era un sistema de explotación e inseguridad, diciendo:

La tendencia de la disposición existente de las cosas en cuanto a que la riqueza es para enriquecer a unos pocos a expensas de la masa productora, para hacer la pobreza de los pobres más desesperanzadora (p. xxix).

Sin embargo, pasó a reconocer que incluso si tal híbrido entre el capitalismo y socialismo surgiese, la premisa subyacente de la competencia seguía siendo un problema grave. Escribió extensamente sobre los problemas inherentes a la naturaleza de la competencia en el mercado, destacando cinco temas que han sido retórica común del pensamiento socialista desde entonces.

El primer problema fue que cada “trabajador, artesano y comerciante [era visto] como un competidor, un rival para todos los demás [y cada uno veía ] un segundo competidor, una segunda rivalidad entre [su profesión] y el público”. Él llegó al extremo de decir que “en el interés de todo médico, las enfermedades debían existir y prevalecer, o su negocio o se reduciría en diez, o cien veces” (p. 259).

El segundo problema era la opresión inherente de las mujeres y la distorsión de la familia, Thompson señaló que la división del trabajo y la ética global de egoísmo competitivo aseguraba la servidumbre de la mujer en el hogar y la desigualdad de género (pp. 260-261).

El tercer problema asociado con la competencia era la inestabilidad generada en la economía:

El tercer mal que es imputado aquí al principio mismo de la competencia individual es que, de vez en cuando, conducirá a modos no rentables o imprudentes de esfuerzo individual… cada hombre debe juzgar por sí mismo en cuanto a la probabilidad de éxito en la profesión que adopte. ¿Y cuáles son sus medios para juzgar? A quien le va bien en su profesión, está interesado en ocultar su éxito, no sea que la competencia le reduzca sus ganancias. ¿Qué individuo puede juzgar si en un mercado, a menudo a gran distancia, a veces en otro hemisferio del globo hay exceso, o pueda haber, del artículo que él se inclina a fabricar?… Y en caso de cualquier error de juicio… que lo ponga fuera de lugar y por tanto, en la línea de esfuerzo no rentable, ¿cuál es la consecuencia? Un simple error de juicio… podría terminar en graves dificultades, si no en la ruina. Casos como este parecen ser inevitables en el esquema de competencia individual en su mejor forma (pp. 261-263).

El cuarto problema es señalar cómo la naturaleza egoísta del mercado competitivo plantea inseguridad en circunstancias básicas de la vida, como la seguridad en la vejez, en enfermedad y tras accidentes (p. 253).

El quinto problema indicado por Thompson respecto de la competencia en el mercado fue que frena el avance del conocimiento. “Por lo tanto, ocultar lo que es nuevo o excelente, de los competidores, debe acompañar a la competencia individual… porque el interés personal dominante es lo opuesto al principio de la benevolencia” (p. 267).

Karl Marx (1818-1883), junto con muchos otros, fue influenciado por el trabajo de Thompson y es probablemente uno de los filósofos económicos más conocidos actualmente. Su nombre es utilizado de forma despectiva frecuentemente, asociado a los peligros del comunismo soviético o el “totalitarismo”. Marx es probablemente el más incomprendido de todos los economistas popularizados. A pesar de que, en la mente del público, él es famoso por sus tratados de las ideas socialistas-comunistas, Marx realmente dedicó la mayor parte de su tiempo al tema del capitalismo y sus operaciones. Su contribución a la comprensión del capitalismo es más vasta de lo que muchos creen, muchos términos económicos y frases utilizadas comúnmente en las actuales conversaciones sobre capitalismo realmente encuentran su raíz en los tratados literarios de Marx. Su perspectiva histórica contó con una escolaridad particularmente detallada sobre la evolución del pensamiento económico. Debido al inmenso tamaño de su obra, sólo unos pocos temas influyentes serán tratados aquí.

Un tema para denotar, fue su conciencia de cómo la característica de “intercambio” del capitalismo fue exaltada como la base fundamental de las relaciones sociales. Marx dijo en su Grundrisse:

En efecto, tan pronto como la mercancía o el trabajo se conciben sólo como valor de cambio, y la relación en la que los diversos productos se conectan unos con otros se concibe como el intercambio de estos valores de cambio (…) entonces los individuos (…) son sencilla y únicamente concebidos como intercambiadores. En cuanto al carácter formal se refiere, no hay absolutamente ninguna diferencia entre ellos (…) Como sujetos de cambio, por tanto, su relación es de igualdad [y] aunque el individuo A sienta la necesidad de la mercancía del individuo B, no se apropia de ella por la fuerza, ni viceversa, sino que se reconocen recíprocamente como propietarios (…) nadie se apodera de lo del otro por la fuerza. Cada uno se despoja de su propiedad voluntariamente (2002, pp. 241-243).

Marx hizo hincapié en lo que podríamos llamar “las tres ilusiones fundamentales”: las ilusiones de libertad, igualdad y armonía social, que se reducirá a una asociación muy estrecha en torno a la idea de “intercambio mutuamente beneficioso”, que sería la única relación real de la economía por la que el conjunto de la sociedad ha de ser evaluada.

Está en el carácter de la relación monetaria — como se ha desarrollado en toda su pureza hasta este punto y sin tener en cuenta las relaciones de mayor desarrollo de la producción — que todas las contradicciones inherentes de la sociedad burguesa parecen desvanecerse en las relaciones monetarias concebidas en una forma simple; y la democracia burguesa, incluso más que los economistas burgueses, se refugia en este aspecto… para construir excusas a las existentes relaciones económicas (Marx, 2002, pp. 240-241).

En su trabajo El capital. Crítica de la economía política, Marx analiza extensamente muchos factores del sistema capitalista, a saber, la propia naturaleza de los productos, la dinámica entre los valores, valor de uso, valor de cambio, teorías del trabajo y utilitaria, junto con una profunda investigación de lo que significa “Capital”, cómo evolucionó este sistema y finalmente, la naturaleza de los roles dentro del modelo. Es importante denotar su opinión respecto a la plusvalía que, en relación a la teoría del valor del trabajo de Ricardo, es el supuesto valor del que se apropia el capitalista en forma de beneficio, que es superior al valor (costo) inherente al propio trabajo/producción. Para desestimar el origen de la plusvalía en el intercambio escribe

Doblándolo o torciéndolo como fuere, el hecho permanece inalterado. Si se intercambian equivalentes, no resulta un ‘excedente’, y si se intercambian no equivalentes, sigue sin haber un ‘excedente’ de valor. La circulación, o intercambio de bienes, no engendra ningún valor (Marx & Roces, 1947).

A continuación, diferencia entre “trabajo” y “fuerza de trabajo”, con esta última componiéndose tanto de un valor de uso como de un valor de cambio, que un trabajador sólo será compensado para satisfacer sus necesidades de subsistencia, que están representadas en su salario, mientras que todo lo que esté después de ese valor es un “excedente”, que en teoría se traduce en la “plusvalía” hecha por el capitalista, ultimada por el “margen” de precio en el intercambio de mercado.

Este punto — el cual amplía aún más en el contexto y la dinámica inherente a la circulación/aplicación de diferentes formas de capital (capital definido aún como un medio de producción, pero en este caso sobre todo en su forma monetaria) — plantea la conclusión de que la explotación de los trabajadores es inherente a la creación del “excedente” o plusvalía. En otras palabras, se trata de una forma de desigualdad básica integrada en el sistema capitalista y mientras un pequeño grupo de “propietarios” controle el excedente creado por la clase obrera, siempre habrá ricos y pobres.

Esto lo lleva a una reevaluación de la propiedad, que era esencialmente el fundamento legal del capital mismo, permitiendo expresamente la expropiación coercitiva de la “mano de obra excedente” (esa parte del trabajo que genera el excedente) y dice:

Al principio nos parecía que los derechos de propiedad se basaban en el trabajo propio de un hombre. Por lo menos, algunas de esas hipótesis eran necesarias ya que sólo los propietarios de bienes con igualdad de derechos se enfrentaban unos a otro, y el único medio por el cual un hombre podía convertirse en poseedor de los bienes de otros, era entregando (renunciando) a sus propios bienes, y ésto podría ser sustituido sólo por trabajo. Ahora, sin embargo, la propiedad resulta ser el derecho, por parte del capitalista, de apropiarse del trabajo no remunerado (trabajo excedente) de otros o de sus productos, y de la imposibilidad por parte del trabajador, de apropiarse de su propio producto. La separación de la propiedad y el trabajo se ha convertido en la consecuencia necesaria de una ley que aparentemente se originó en su identidad.

Marx desarrolla este tipo de argumentos extensamente en sus textos, incluyendo la idea de que el trabajo de la clase obrera no puede ser “voluntario” en este sistema, sólo coercitivo, ya que la decisión final de aplicar trabajo por un salario estaba en manos del capitalista.

Por eso el trabajador sólo se siente a sí mismo fuera de su trabajo, y en su trabajo se siente fuera de sí. Está en casa cuando no trabaja y cuando trabaja no está en casa. Su trabajo por lo tanto no es voluntario, sino forzado, es trabajo forzoso. Por lo tanto no es la satisfacción de una necesidad, no es sino un medio para satisfacer necesidades externas (Marx, 1959, p. 69).

Al final, fue esta compleja degradación, explotación y deshumanización del trabajador promedio lo que le molestaba y lo empujó hacia la reforma. Incluso inventó una frase, “la teoría de la miseria creciente”, para describir cómo la felicidad de la población en general era inversa a la acumulación de riqueza de la clase capitalista. Al final, Marx estaba convencido de que las presiones inherentes al sistema empujarían a la clase obrera a la rebelión contra la clase capitalista, permitiendo un nuevo modo de producción “socialista” que, en parte, sería operado por la propia clase obrera para su propio beneficio.

Thorstein Veblen (1857-1929) será el último de los llamados pensadores “socialistas”, cuyas influyentes ideas sobre el desarrollo y los defectos del capitalismo estudiaremos aquí. Al igual que Marx, tenía la ventaja del tiempo con respecto a la digestión de la historia económica. Veblen, profesor de economía en varias universidades durante su época, escribió prolíficamente publicaciones sobre diversos temas sociales.

Veblen fue muy crítico de los postulados económicos neoclásicos, específicamente con respecto a las ideas utilitaristas aplicadas de la “naturaleza humana”, considerando a la idea de que todo comportamiento económico humano se reduce a un juego hedonista de autopreservación y maximización algo absurdamente simplista (Veblen, 1898a). Él tomó, lo que podríamos denominar, una visión “evolucionaria” de la historia de la humanidad, siendo los cambios definidos por las instituciones sociales que tenían momento o eran superadas. Respecto al estado (que él consideraba “materialista”) de ese entonces, señaló:

Como toda cultura humana, la civilización es un tejido de instituciones: una construcción y un desarrollo de instituciones. Pero las instituciones son una excrecencia de los hábitos. El desarrollo de una cultura es una secuencia acumulativa de hábitos, y los instrumentos y medios que crea son una respuesta habitual a exigencias que cambian en forma incesante y progresiva, con un patrón que da cierta coherencia a los cambios, en forma incesante porque cada cambio crea una situación nueva que induce, a su vez, una modificación de las conductas habituales; en forma progresiva porque cada nueva situación es una variación de la situación precedente cuyos elementos causales son todos aquellos que recibieron los de las situaciones previas; y coherente porque los rasgos implícitos de la naturaleza humana – propensiones, aptitudes, y lo que se quiera – que intervienen en la respuesta y sobre los que actúa el proceso de habituación, no se modifican sustancialmente. (Veblen, 2013).

Veblen puso en duda la base fundamental del modo de producción capitalista, cuestionando muchos de los factores que se habían dado por sentados o considerados empíricos durante siglos de debate económico. Las instituciones ahora arraigadas de “salarios”, “rentas”, “propiedad”, “interés” y “trabajo” fueron afectados en su supuesta simplicidad por una visión donde ninguno de ellos pudo mantenerse viable intelectualmente, fuera de una asociación categórica con aplicaciones extremadamente limitadas. Él Bromeó acerca de cómo

se considera que un grupo de isleños aleutianos chapoteando entre algas y olas con rastrillos y encantamientos mágicos para capturar mariscos, desde el punto de vista de la realidad taxonómica, están realizando una faena de equilibrio hedonístico de la renta, los salarios y el interés. Y eso es todo de lo que se trata” (Veblen, 1908).

Vio a la producción e industria mismas como un proceso social donde las líneas eran muy borrosas, ya que invariablemente suponían el compartir conocimientos (usufructo) y habilidades. Esas características categóricas eran inherentes sólo al capitalismo y no eran representativas de la realidad física, por lo tanto, se trataba de un enorme artilugio. Encontró que la teoría neoclásica dominante existía, en parte, para oscurecer la guerra de clases y su inherente hostilidad, protegiendo aún más lo que denominó como “intereses creados” de los “propietarios ausentes”, es decir los capitalistas (Veblen, 1923, p. 407).

Rechazó la idea de que la propiedad privada era un “derecho natural”, como lo asumían Locke, Smith y otros. A menudo bromeaba sobre lo absurdo de la idea que conduce a los “propietarios ausentes” a reclamar la propiedad de las mercancías que fueron producidas, en realidad, por la labor del “trabajador común”, recalcando lo absurdo del principio sostenido durante mucho tiempo, de que de la mano de obra, proviene la propiedad (Veblen, 1898b, p. 32) . Él fue más allá al expresar la propia naturaleza social de la producción y demostrar cómo la verdadera naturaleza de la acumulación de destrezas y conocimiento anula completamente la presunción de los derechos de propiedad.

Esta teoría de los derechos naturales de propiedad hace que el esfuerzo creador de un individuo aislado y autosuficiente sea la base de la propiedad que se le confiere. Al hacerlo, pasa por alto el hecho de que no hay individuos aislados y autosuficientes… La producción se lleva a cabo sólo en la sociedad; sólo a través de la cooperación de una comunidad industrial. Esta comunidad industrial puede ser grande o pequeña… pero siempre comprende un grupo lo suficientemente grande como para contener y transmitir las tradiciones, herramientas, conocimientos técnicos y usos, sin los cuales no puede haber organización industrial y no existe relación económica de los individuos entre sí o con su medio ambiente… No puede haber producción sin conocimientos técnicos, por lo que no hay acumulación ni riqueza de la cual apropiarse, distinguible o no. Y no hay ningún conocimiento técnico, aparte del de una comunidad industrial. Puesto que no hay producción individual ni productividad individual, el prejuicio de los derechos naturales… se reduce al absurdo, incluso bajo la lógica de sus propios supuestos (pp. 33-34).

Al igual que Marx, no veía otra forma de distinguir las dos clases principales de la sociedad que entre los que trabajan y los que explotan ese trabajo (Veblen, 1898c) siendo la parte lucrativa del capitalismo (negocios) totalmente independiente de la producción misma (industria). Veblen hace una clara distinción entre negocios e industria y se refiere a lo primero como un vehículo de “sabotaje” hacia la industria. Vio una completa contradicción entre la intención ética de la comunidad para producir de manera eficiente y con un alto servicio, y las leyes de la propiedad privada que tenían el poder de dirigir la industria en aras de las ganancias solamente, reduciendo la eficiencia y la intención. El término “sabotaje” en este contexto se define por Veblen como la “supresión consciente de la eficiencia” (Veblen, 1963, p. 1).

La planta industrial está funcionando a medio gas o cada vez más ociosa, por debajo de su capacidad productiva. Los trabajadores están siendo despedidos… Y todo el tiempo estas personas tienen una gran necesidad de todo tipo de bienes y servicios que estas plantas ociosas y obreros ociosos están aptos para producir. Sin embargo, por razones de conveniencia comercial, es imposible dejar que estas plantas ociosas y obreros ociosos vayan a trabajar, es decir, por razones de insuficiente lucro para los hombres de negocios interesados, o en otras palabras, por razones de insuficientes ingresos para los intereses creados (p. 12).

Por otra parte, Veblen, a diferencia de la gran mayoría de gente en tiempos modernos — que condenan los actos de corrupción por razones éticas — no vio ninguno de los problemas de abuso y explotación como una cuestión moral o ética. Vio a los problemas como inherentes a la propia naturaleza del capitalismo. Él dice:

No es que estos capitanes de grandes empresas, cuyo deber es administrar un saludable mínimo sabotaje a la producción, sean traviesos. No es que su objetivo sea acortar la vida humana o aumentar el malestar humano ideando un incremento de privaciones entre sus semejantes… La pregunta no es si este tráfico de privación es humano, sino de si se trata de la buena gestión empresarial (Veblen, 1923, pp. 220-221).

Con respecto a la naturaleza del gobierno, la visión de Veblen era muy clara: el gobierno, por su propia construcción política, existe para proteger el orden social existente y la estructura de clases, reforzando las leyes de la propiedad privada y, por extensión directa, reforzando la desproporcionada clase propietaria (gobernante).

La legislación, la vigilancia policial, la administración de justicia, los servicios militares y diplomáticos, todos se ocupan principalmente de las relaciones comerciales, intereses pecuniarios y tienen poco más que una influencia incidental en otros intereses humanos (Veblen, 1904).

La idea de la democracia fue también profundamente violada por el poder capitalista, en su opinión, afirmó que “el gobierno constitucional es un gobierno empresarial” (p. 285). Veblen, aunque consciente del fenómeno de “cabildeo” y la “compra” de políticos, vista actualmente como una forma de “corrupción”, no vio esto como la verdadera naturaleza del problema. Por el contrario, el gobierno controlado por los negocios no era una anomalía, era simplemente cómo el gobierno se manifestaba por diseño (pp. 286-287). Por su propia naturaleza, como medio de control social institucionalizado, el gobierno siempre protegerá a los ricos de los pobres. Dado que los pobres son siempre muy superiores en número que los ricos, una rígida estructura legal que favorezca a los ricos (a los intereses de los propietarios) debe existir, para mantener la separación de clases y mantener los intereses capitalistas intactos (pp. 404-405).

Del mismo modo, también reconoció que para el gobierno del Estado capitalista era muy necesario mantener los valores sociales de acuerdo con sus intereses (lo que Veblen llamó una “cultura pecuniaria”). Por lo tanto, los hábitos egoístas, competitivos y depredatorios propios del “éxito” en la guerra social subyacente inherente al sistema capitalista, naturalmente refuerzan esos valores por defecto. El ser generoso y vulnerable era de poca utilidad para el “éxito” en este contexto, tanto como ser despiadado y estratégicamente competitivo era el ícono para obtener la recompensa social (Veblen, 1965).

En una evaluación general, Veblen trabajó para analizar críticamente la estructura central y los valores del modelo capitalista de libre mercado, presentando algunas conclusiones sociológicas profundamente avanzadas con respecto a sus inherentes contradicciones, ineficiencia técnica y trastorno de valores. Animamos a aquellos que se interesen en la historia del pensamiento económico, a que revisen su obra, en particular a los escépticos de la premisa del capitalismo de libre mercado.

El capitalismo como una patología social

La historia del pensamiento económico es, en muchos sentidos, la historia de las relaciones sociales humanas, donde meras suposiciones van ganando prominencia en el sentido de ser consideradas sacrosantas e inmutables en el tiempo. Este elemento de tradicionalismo, colmado de valores y sistemas de creencias de períodos pasados, ha sido un tema central en este breve repaso de la historia económica. Los atributos que se dan por sentado en las teorías dominantes de la economía actual, no se basan realmente en un soporte físico directo, como sería necesario, para darle una validación a través del método de la ciencia, sino más bien se basan en la mera perpetuación de un marco de referencia ideológico establecido que ha evolucionado para intrincadamente autorreferirse a su lógica interna, justificando su propia existencia por sus propias normas.

Lo que actualmente encarna la ideología capitalista en sus detalles no es lo más problemático, sino más bien lo que omite por extensión. Al igual que las religiones primitivas que veían el mundo como plano y tuvieron que ajustar su retórica, una vez que la ciencia comprobó que era redondo, la tradición de la economía de mercado se enfrenta a pruebas similares. Teniendo en cuenta la simplicidad de los métodos agrícolas y eventualmente la primitiva aproximación a la producción industrial, había poca conciencia o preocupación sobre sus posibles consecuencias negativas en el tiempo, no sólo a nivel del hábitat (ecológico), sino también a nivel humano (salud pública).

Del mismo modo, el sistema de mercado, con sus viejas presunciones, también ignora (o incluso pelea con) los avances de gran alcance en ciencia y tecnología, que expresan la capacidad de resolver los problemas y crear una gran prosperidad. De hecho, como se analizará en el ensayo Eficiencia de mercado versus eficiencia técnica, dichas acciones progresivas y reconocimientos sobre el hábitat y el bienestar humano revelan que el capitalismo de “libre mercado”, literalmente, no puede facilitar estas soluciones, ya que su propia mecánica evita o trabaja en contra de esa posibilidad.

La resolución de problemas y el incremento de la eficiencia en el manejo de recursos es, de muchas formas, una maldición para el funcionamiento del mercado. La resolución de problemas, en general, significa menores posibilidades de obtener ingresos a partir de la “reparación” de esos problemas. Nuevos niveles de eficiencia casi siempre significan una reducción en la necesidad de mano de obra y energía, y si bien esto puede parecer positivo con respecto a una verdadera eficiencia global, también significa la pérdida de empleos y la reducción de la circulación monetaria a partir de su aplicación.[35. Un ejemplo simple de esto es la cantidad de fondos y empleo que se han generado a partir de la atención al cáncer. Si la cura para el cáncer surgiese en realidad, resultaría en la reducción de estas masivas instituciones médicas. Esto significa que la solución de problemas, puede resultar en la pérdida de ingresos para muchas personas que trabajan para dar servicio a esos problemas. Esto crea un refuerzo perverso para mantener las cosas como están.]

Es aquí donde el modelo capitalista comienza a cumplir el rol de agente patógeno social, no sólo con respecto a lo que ignora, rechaza o contra lo que pelea por diseño, sino también con respecto a lo que refuerza y perpetúa. Si nos remontamos a la declaración de Locke acerca de cómo la naturaleza del dinero, dado el consentimiento tácito de la comunidad, era servir esencialmente como mercancía, es fácil ver cómo este “medio de intercambio” ha evolucionado a su forma sociológica actual, donde todas las bases del mercado sirven, de hecho, no a la intención de crear y ayudar a la supervivencia humana, su salud y prosperidad, sino que se limitan a facilitar únicamente el acto de lucrar. Adam Smith nunca habría vislumbrado que al día de hoy, el campo más lucrativos y recompensado no sería la producción de bienes que soportan y mejoran la vida, sino el acto de hacer circular el dinero — por lo tanto el “trabajo” de las instituciones financieras como bancos , “Wall Street” y las empresas de inversión — mediante empresas que literalmente no crean nada, pero tienen una inmensa riqueza e influencia.

Hoy en día, la única teoría del valor vigente es la que podría llamarse la teoría del “valor de la secuencia del dinero”.[36. Terminología acuñada por McMurtry (1999).] El dinero ha adquirido vida propia independiente de la psicología reforzada que lo mueve. No tiene ningún propósito directo en su intención, sino encontrar más dinero por menos dinero (inversión). Este fenómeno de “dinero buscando dinero” no sólo ha creado un trastorno del sistema de valores, donde este interés en la ganancia monetaria supera todo — dejando cuestiones ambientales y de salud pública verdaderamente relevantes en segundo plano y “externas” al foco de la economía — sino que su constante tendencia a multiplicarse y expandirse realmente tienen una cualidad cancerosa donde esta idea de necesitar crecimiento, en lugar de equilibro, mantiene su efecto patológico en muchos niveles.

Se podría decir mucho sobre el sistema de la deuda[37. La creación de dinero a partir de deuda, junto con su multiplicación a través del sistema de préstamos de la Reserva Fraccionaria (una práctica casi universal de los bancos centrales del mundo) sigue buscando el crecimiento infinito por su propia mecánica.] y cómo prácticamente todos los países del planeta Tierra están en deuda con ellos mismos hasta el punto que nosotros, la especie humana, no tenemos en realidad, el dinero en circulación para pagarnos por lo que hemos tomado prestado de la nada. La necesidad de más y más “crédito” para impulsar el mercado es constante en la actualidad debido a este desequilibrio, lo que quiere decir que, al igual que sucede con el cáncer, lidiamos con un intento de expansión y consumo infinitos. Esto simplemente no puede funcionar en un planeta finito.

Por otra parte, el carácter competitivo y la escasez inducida inherentes al modelo capitalista continúan perpetuando la divisiva lucha de clases que mantiene al mundo en guerra consigo mismo — a través de la tiranía del imperialismo y el proteccionismo — y enfrenta a la población general. Actualmente, la mayoría deambulamos miedosos unos de otros ya que la explotación y el abuso es el carácter dominante y recompensado. Todos los seres humanos nos hemos adaptado innecesariamente a esta cultura de vernos como una amenaza a nuestra propia supervivencia en un contexto “económico” cada vez más abstracto. Por ejemplo, cuando dos personas atienden una entrevista de trabajo, buscando soportar su vida, no están interesados en el bienestar del otro, ya que sólo uno ganará el trabajo. De hecho, las sensibilidades empáticas son presiones negativas en este sistema y no son recompensadas en absoluto por el mecanismo financiero.

Del mismo modo, la hipótesis de que podría haber justicia en un entorno tan competitivo, sobre todo cuando la naturaleza del “ganar” y “perder” significa perder tu soporte de vida, es un ideal profundamente inocente. Los estatutos legales existentes que trabajan para detener el monopolio y la “corrupción” financiera, existen porque literalmente no hay garantía posible contra la tal llamada “corrupción” en este modelo. Según lo implicado por Smith y Veblen en este ensayo, el Estado es una manifestación de la premisa económica y no al revés. La utilización del poder del Estado para legislar, otorgando garantías para la seguridad y prosperidad de una clase sobre otra, no es una distorsión del sistema capitalista, es una característica fundamental de la ética competitiva del libre mercado.

Muchos “libertarios”, de las escuelas Austríaca, de Chicago, del laissez faire y otros, constantemente tienden a hablar acerca de cómo “la interferencia del Estado” es el problema de la economía actual, refiriéndose por ejemplo a las políticas proteccionistas de importación/exportación o al favorecimiento de determinadas industrias por parte del Estado. Se supone que de alguna manera el mercado puede ser “libre” de operar, sin que se manifiesten monopolios o casos de corrupción, que en realidad son inherentes a lo que hoy se denomina “capitalismo clientelista”, a pesar de que la base completa de la estrategia es competir o, en términos más directos, dar guerra. Asumir que el Estado no sería utilizado como una herramienta para la ventaja diferencial (una herramienta para los negocios) es absurdo.[38. Cabe señalar que la “disciplina de mercado”, o la naturaleza correctiva del mercado de la que se supone que todos los negocios son susceptibles, en realidad sólo se aplica a las clases más bajas. Como lo ha mostrado la historia, la retórica de “muy grandes para quebrar” y los recientes rescates bancarios (~2008) de más de 20 billones de dólares, los sectores ricos están protegidos por el denominado socialismo, no por el capitalismo.]

Al final, estos valores abiertamente egoístas e innecesarios han estado en la raíz de los conflictos humanos desde su creación y, como se ha señalado, la noción histórica de la guerra humana a nivel de clases, es visto por la mayoría como “natural” o “inmutable”. En el modelo social existente, extraído de un marco de referencia intrínsecamente orientado a la escasez, xenofóbico y racista, no hay tal cosa como la paz o el equilibrio. Simplemente no es posible en el modelo capitalista. Del mismo modo, la ilusión de la igualdad entre personas en las llamadas sociedades “democráticas” también persiste, asumiendo que de alguna forma una igualdad política pueda surgir de la explícita desigualdad económica inherente a este modo de producción y relaciones humanas.

Al principio de este ensayo se mencionó de pasada a las visiones “histórica” y “mecanicista” de la lógica económica. La importancia de la perspectiva mecánica (científica), que exploraremos en ensayos posteriores, es crítica para comprender cuán profundamente atrasada e imperfecta es en realidad la economía de mercado. Cuando tomamos en cuenta las leyes de la naturaleza conocidas, tanto en el plano humano como en el de su hábitat, y empezamos a calcular cuáles son nuestras opciones y posibilidades técnicamente, sin el bagaje de estos supuestos históricos, emerge un tren de pensamiento muy diferente. En opinión del Movimiento Zeitgeist, ésta es la nueva visión del mundo a la que la humanidad tiene que alinearse, con el fin de resolver sus inmensos problemas sociológicos y ecológicos; y abrir la puerta a las posibilidades de una futura prosperidad.

Referencias

Aristóteles (n.d.). Política.

Babeuf, G. (1967). The Defense of Gracchus Babeuf Before the High Court of Vendôme. University of Massachusetts Press.

Bentham, J. (1825). The rationale of reward. John and HL Hunt.

Bentham, J. (2013). Introducción a los principios de la moral y la legislación. ID. Antología (Península, Barcelona 1991), 46.

capitalist. (n.d.). Dictionary.com Unabridged. Obtenido el 15 de noviembre de 2014, del sitio web Dictionary.com: http://dictionary.reference.com/browse/capitalist

Chapman, J., & Powers, E. (1966). The Agrarian Life of The Middle Ages en The Cambridge Economic History of Europe. Volume 1. Cambridge University Press.

DeParle, J. (1994, abril 21). Abolishment of Welfare: An Idea Becomes a Cause. NY Times. Obtenido de http://www.nytimes.com/

Dobb, M. (1946). Studies in the Development of Capitalism. London, Routledge and Kegan Paul.

Ekelund Jr, R. B., & Hébert, R. F. (2013). A history of economic theory and method. Waveland Press. New York: McGraw–Hill.

free market. (n.d.). Dictionary.com Unabridged. Obtenido el 15 de noviembre de 2014, del sitio web Dictionary.com: http://dictionary.reference.com/browse/free market

Henderson, D. (2002). “Mercantilism” en The Concise Encyclopedia of Economics. Liberty Fund, Inc.

Hodgson, G. M. (2007). Economía institucional y evolutiva contemporánea. Universidad Autónoma Metropolitana, Cuajimalpa-Xochimilco, División de Ciencias Sociales y Humanidades.

Investopedia. (n.d.). Capital Goods. Obtenido de http://www.investopedia.com/

Keynes, J. M. (1933). Economic possibilities for our grandchildren (1930). Essays in persuasion, 358-73.

Locke, J., & Mellizo, C. (1994). Segundo tratado sobre el gobierno civil. Altaya.

Malthus, T. R. (1846). Ensayo sobre el principio de la población. Est. Lit. y Tip. de Lucas Gonzalez y Compañía.

Mantoux, P. (2013). The industrial revolution in the eighteenth century: An outline of the beginnings of the modern factory system in England. Routledge.

Marx, K. (1959). Economic and philosophic manuscripts of 1844. Progress.

Marx, K. (2002). Grundrisse: foundations of the critique of political economy. Readings in Economic Sociology, 18-23.

Marx, K., & Roces, W. (1947). El capital. Crítica de la economía política. Versión del alemán por Wenceslao Roces. Fondo de Cultura Económica.

McMurtry, J. (1999). The cancer stage of capitalism. Pluto Press.

Miskimin, H. (1975). The Economy of Early Renaissance Europe, 1300-1460 (1969; reissued Cambridge UP, 1977). HC, 41, M5.

Proudhon, P. J., & Ormaechea, R. G. (1970). ¿Qué es la propiedad?: investigaciones sobre el principio del derecho y del gobierno. Proyección.

Ricardo, D. (1962). On the principles of political economy, and taxation (Vol. 165). Dent (Ed.).

Rifkin, J. (2011). El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era. Revista Chilena de Derecho Informático, (2).

Rodríguez, J. P. (Ed.). (1997). The historical encyclopedia of world slavery (Vol. 1). ABC-CLIO.

Rothbard, M. (2010, mayo 12). Mercantilism: A Lesson for Our Times?. Obtenido el 17 de enero de https://mises.org/

Say, J. B. (1816). Tratado de economía política, ó Simple exposicion del modo con que se forman, distribuyen y consumen las riquezas, 1. imprenta de Collado.

Senior, N. W. (1836). An outline of the science of political economy. W. Clowes and Sons, Stamford Street.

Smith, A. (1958). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica.

Smith, A. (2010). Teoría de los sentimientos morales. Fondo de Cultura Económica.

socialism. (2015). En Encyclopædia Britannica. Obtenido de http://www.britannica.com/EBchecked/topic/551569/socialism

Spiegel, H. (Ed.). (1991). The growth of economic thought. Duke University Press. 3ra Ed.

Stephenson, C. (1942). Mediaeval feudalism (Vol. 13). Cornell University Press.

Thompson, W. I. (1824). An Inquiry Into the Principles of the Distribution of Wealth Most Conducive to Human Happiness Applied to the Newly Proposed System of Voluntary Equality of Wealth. Longman.

Thompson, W. I. (1824). An Inquiry Into the Principles of the Distribution of Wealth Most Conducive to Human Happiness Applied to the Newly Proposed System of Voluntary Equality of Wealth. Longman.

Veblen, T. (1898a). Why is economics not an evolutionary science?. The Quarterly Journal of Economics, 12(4), 373-397.

Veblen, T. (1898b). The beginnings of ownership. The American Journal of Sociology, 4(3), 352-365.

Veblen, T. (1898c). The instinct of workmanship and the irksomeness of labor. The American Journal of Sociology, 4(2), 187-201.

Veblen, T. (1908). Professor Clark’s economics. The Quarterly Journal of Economics, 147-195.

Veblen, T. (1919). The Place of Science in Modern Civilisation: and other essays. BW Huebsch.

Veblen, T. (1963). The engineers and the price system (Vol. 31). Transaction Publishers.

Veblen, T. (1965). The Theory of the Leisure Class: 1899. AM Kelley, bookseller.

Veblen, T. (2013). Las limitaciones de la utilidad marginal. Revista de economía crítica, (16), 333-346.

Veblen, T. B. (1923). Absentee Ownership and Business Enterprise in Recent Times: the Case of America (New York: Augustus M. Kelley, 1964).

Veblen, Thorstein (1904). The Theory of the Business Enterprise. New Brunswick, New Jersey: Transaction Books.

Warburton, D. (2003). Macroeconomics from the beginning: The General Theory, Ancient Markets, and the Rate of Interest. Recherches et publications.

Weaver, J. (1996). Defending mother earth: Native American perspectives on environmental justice. Orbis Books.


<<< SALUD PÚBLICA | ÍNDICE | EFICIENCIA DE MERCADO vs. TÉCNICA >>>