El aspecto sinérgico de la industria está haciendo cada vez más trabajo con cada vez menos inversión de tiempo y energía, por cada unidad de rendimiento [lo que] nunca ha sido contabilizado formalmente como una ganancia del capital de la sociedad ubicada en la tierra. La eficacia sinérgica integrada de un proceso industrial alrededor de todo el mundo es inherentemente mucho mayor que el efecto sinérgico confinado de operar sistemas separados  soberanamente. Ergo, sólo una de-soberanizacion completa del mundo puede permitir la realización de un alto estándar de soporte para toda la humanidad (Fuller, 1969, p. 31).

El desarrollo científico, que ha evolucionado en paralelo con el desarrollo económico tradicional durante los últimos 400 años aproximadamente, ha sido en gran parte ignorado e incluso visto como una externalidad de la teoría económica. El resultado ha sido un desacoplamiento de la estructura socioeconómica con respecto a los sistemas de soporte de la vida a los que estamos todos atados, y de los que dependemos. Hoy en día, además de ciertos supuestos técnicos con respecto a que un sistema basado en algo distinto a la dinámica del mercado y el mecanismo de precios[1. Ludwig Von Mises en su famosa obra El cálculo económico en la comunidad socialista (1990) sostiene que el mecanismo de precios es el único medio viable para entender cómo crear y distribuir mercancías en la economía de forma eficiente. La crítica de cualquier tipo de sistema “planificado” ha sido promocionado como sacrosanta y como una reivindicación del sistema capitalista por muchos. Esta cuestión se abordará en la Parte III.] no podría funcionar, el argumento más común en favor del capitalismo de mercado es que éste es un sistema de libertad.

En qué medida esto es cierto depende mucho de la interpretación propia, a pesar de eso, tales términos suelen ser ubicuos en la retórica de los defensores de dicho modelo (Smith & Nicholson, 1887). Parece ser que tales nociones son en realidad reacciones a los intentos pasados de implantar sistemas sociales alternativos que generaron problemas de autoridad, tal como sucedió con el totalitarismo.[2. Un texto clásico que emplea este miedo básico fue The Road to Serfdon, de F. A. Hayek (2009). Se sugiere una una implicación muy clara de la naturaleza humana, justificada fundamentalmente por las tendencias históricas del totalitarismo vinculado a las economías colaborativas o planificadas.] Desde entonces, sobre la base de este miedo, cualquier modelo concebido fuera del marco capitalista es inicialmente relegado impulsivamente por la supuesta tendencia histórica hacia la tiranía y luego, desechado.

Sea como fuere, este gesto subyacente de libertad, cualquiera que sea su implicación en el uso subjetivo, ha generado una neurosis o confusión con respecto a lo que significa para una especie como la nuestra sobrevivir y prosperar en el hábitat – un hábitat claramente gobernado por leyes naturales. En el nivel de nuestras relaciones de hábitat, simplemente no somos libres y tener como valor global una supuesta libertad, que posteriormente se aplica a cómo debemos operar nuestra economía global, se ha vuelto cada vez más peligroso para la sostenibilidad humana en el planeta tierra (Rockström et col., 2009).

Los seres humanos, independientemente de sus costumbres sociales tradicionales, están estrictamente limitados por las leyes naturales gobernantes de la Tierra y desalinearnos de estas leyes invariablemente resulta en una inhibición de nuestra sostenibilidad, prosperidad y salud pública. Hay que recordar que las premisas centrales de nuestro sistema socioeconómico actual fueron desarrolladas durante períodos[3. Mientras que algunos historiadores suelen colocar los albores del método científico en la antigua Grecia, El Renacimiento, que comenzó alrededor del siglo XVI, parece ser un período importante de descubrimiento y aceleración significativa. Galileo (1564 – 1642) es considerado hoy por muchos como el “padre” de la ciencia moderna. Sin embargo, estos entendimientos emergentes fueron de muy poco interés en el ámbito económico.] donde teníamos sustancialmente menos conciencia científica  tanto de nuestro hábitat como de nosotros mismos. Muchas de las consecuencias negativas comunes a las sociedades modernas simplemente no existían en el pasado y ahora este choque de sistemas es el que está desestabilizando aún más nuestro mundo, de muchas maneras.

Se argumentará aquí que la integridad de cualquier modelo económico se evalúa mejor en función de lo bien alineado que esté con las leyes naturales gobernantes conocidas. Este concepto de la ley natural no se presenta aquí como algo esotérico o metafísico, sino como algo fundamentalmente observable. Si bien es cierto que nuestro entendimiento de las leyes de la naturaleza es constantemente refinados y alterados en el tiempo, ciertas realidades causales se han mantenido como definitivamente ciertas.

No hay debate sobre que el organismo humano tiene necesidades específicas para la supervivencia, como la necesidad de alimentación, agua y aire. No hay debate con respecto a los procesos ecológicos fundamentales que aseguran la estabilidad ambiental de nuestro hábitat que deben transcurrir inalterados en sus relaciones simbiótico-sinérgicas (Kling, 2008).[4. La alteración de los ecosistemas mediante la acción humana ha demostrado consecuencias negativas claras. La contaminación, la deforestación, la pérdida de la biodiversidad y muchas otras características de la situación actual del mundo revelan una profunda falta de alineación con las inmutables realidades simbiótico-sinérgicas de nuestro hábitat, al que estamos ligados.] Tampoco hay debate, pese a su complejidad, sobre que la psique humana tiene, en promedio, respuestas básicas predecibles en respuesta a factores de estrés ambientales y por tanto entiende a las reacciones de violencia, depresión, abuso y otros comportamientos perjudiciales, como una manifestación de esto.[5. Esto se discutió en el ensayo salud pública.]

Este punto de vista científico, causal o técnico de las relaciones económicas reduce todos los factores pertinentes a un marco de referencia y tren de pensamiento relacionado con nuestra comprensión actual del mundo físico y sus dinámicas naturales, tangibles. Esta lógica conlleva a la ciencia del estudio humano (por lo tanto, a la naturaleza compartida de las necesidades humanas y a la salud pública) y la combina con las reglas probadas de nuestro hábitat, al que estamos conectados de forma sinérgica y simbiótica. En conjunto, se puede estructurar fácilmente, desde sus cimientos, un modelo de operación económica racional que reemplace a los siglos de la teoría económica tradicional.

Esto no quiere decir que aquellos argumentos históricos no poseen valor al entender la evolución cultural, sino más bien quiere decir que si se toma una cosmovisión verdaderamente científica con respecto a lo que “funciona” o “no funciona” en la estrategia de eficiencia que exige el ajedrez de la supervivencia humana, hay muy poca necesidad de dicha referencia histórica. Este punto de vista se encuentra en el núcleo de la lógica reformista del Movimiento Zeitgeist y será revisado de nuevo en la Parte III.

Estos puntos de conciencia científica casi inmutable, prácticamente no se reconocen en el modelo económico dominante de hoy. De hecho, se puede argumentar que los dos sistemas no sólo se desacoplan, sino que son diametralmente opuestas en muchos aspectos, en alusión a la realidad de que la economía de mercado competitiva en realidad no es corregible en su conjunto, y, por tanto, un nuevo sistema basado directamente en la realidad de la ley natural tiene que ser construido desde cero.

Este ensayo examinará y contrastará una serie de consideraciones “económicas” tanto desde la perspectiva del sistema de mercado (la lógica del mercado) y la señalada lógica mecanicista o técnica. Explicará cómo la eficiencia tiene dos significados muy diferentes en cada una de las perspectivas, argumentando de que la “eficiencia de mercado”[6. El uso del término “eficiencia del mercado” en este texto no se debe confundir con otros significados históricos (Heakal, n.d.). La forma en que se utilizará el término es esta obra es nueva.] funciona sólo para ser eficiente con respecto a sí misma, utilizando conjuntos de reglas artificiales, en su mayoría relacionados a dinámicas económicas clásicas que facilitan el lucro y el crecimiento, mientras que la “eficiencia técnica”, haciendo referencia a las leyes conocidas de la naturaleza, busca la manera más optimizada de despliegue industrial posible para preservar el hábitat, reducir los desechos y, en última instancia, garantizar la salud pública, sobre la base de entendimientos científicos emergentes.[7. El término economía en griego (Oikonomia) significa “gestión de una casa – ahorro”. Economizar, por tanto, significa aumentar la eficiencia.]

Consumo cíclico y crecimiento económico

El funcionamiento básico del capitalismo de mercado se puede generalizar como una interacción entre los propietarios, los trabajadores y los consumidores. La demanda del consumidor genera la necesidad de producir a través de los propietarios (capitalistas), que posteriormente emplean a trabajadores para realizar el acto de la producción. Este ciclo se origina con la demanda y por lo tanto, el verdadero motor del mercado es el interés, la capacidad y el actos de tener a todo el mundo comprando en el mercado. Todas las recesiones[8. Las recesiones suelen definirse como “una disminución significativa en la actividad económica extendida en toda la economía” (Morah, n.d.).] son el resultado, en un nivel u otro, de una pérdida de ventas. Por lo tanto, la necesidad más crítica para mantener a las personas empleadas y, por tanto, mantener la economía en un estado de “estabilidad” o “crecimiento” es el consumo cíclico constante.

El crecimiento económico, por lo general definido como “un aumento en la capacidad de una economía para producir bienes y servicios, len un periodo determinado en comparación a otro” (Egunjobi, 2013) es un interés constante de cualquier economía nacional actua y, en consecuencia, uno de la economía mundial en general. Muchas tácticas macroeconómicos se utilizan en momentos de recesión para facilitar más préstamos, producción y consumo con el fin de mantener una economía que funcione en su nivel actual o, idealmente, a uno mayor.[9. Una reacción común de los bancos centrales en tiempos de recesión es aumentar la “liquidez” en la economía. La liquidez es simplemente la cantidad de capital disponible para la inversión y el gasto. La Reserva Federal, el banco central de los Estados Unidos, por lo general gestiona la liquidez, mediante el ajuste de las tasas de interés.] El ciclo económico,[10. El ciclo económico es a menudo conceptualizado en en cinco etapas: crecimiento o expansión, pico, recesión o contracción, depresión y recuperación (Harding & Pagan, 2002).] un período de expansión y contracción oscilante, ha sido reconocido durante mucho tiempo como una característica de la economía de mercado, debido a la naturaleza de la disciplina de mercado, o corrección, que, según los teóricos, es en parte un flujo y reflujo natural de éxitos y fracasos empresariales.

En resumen, el (incremento o disminución del) ritmo de consumo es lo que genera los períodos de contracción o expansión del ciclo de negocios, y la regulación monetaria macroeconómica es la que aumenta o disminuye la liquidez (a menudo a través de las tasas de interés) para “administrar” las expansiones y contracciones. Históricamente, no ha existido respeto simétrico hacia los períodos de expansión y contracción del ciclo económico. Los períodos de expansión monetaria (a menudo logrados a través de créditos más baratos), que por lo general se correlacionan con períodos de expansión económica (ya que más dinero está siendo objeto de un uso), son aclamados por la ciudadanía como los éxitos nacionales para la sociedad, mientras que todas las contracciones son vistas como fracasos políticos. Por lo tanto, siempre ha habido un interés de las instituciones políticas (que quieren verse bien) y de las principales instituciones que influyen en el mercado (que protegen los beneficios empresariales) para preservar los períodos de expansión por el mayor tiempo posible y luchar contra todas las formas de contracción. Esta perspectiva es inherente al sistema de valores del capitalismo donde el “dolor” debe ser frustrado en todo momento, a menudo de manera miope. Ninguna empresa voluntariamente quiere reducir su tamaño ni tampoco ningún partido político voluntariamente quiere “quedar mal”, a pesar de que la teoría económica tradicional nos dice que estos períodos de contracción son “naturales” y se deben permitir.

El resultado ha sido, en definitiva, un aumento constante de la oferta de dinero (es decir, de capital y poder adquisitivo) en tiempos de recesión, resultando en una deuda global masiva, tanto pública como privada.[11. Según un informe de 2010 del Foro Económico Mundial, el crédito global (es decir, la deuda) se duplicó de $57 billones a $109 billones entre 2000 y 2010. También pronosticó una que el crédito (la deuda) global para 2020 será de $210 billones (World Economic Forum, 2010).] La realidad es que todo el dinero se crea  a través de préstamos y cada uno de esos préstamos nace con un interés fijado, donde el préstamo debe ser devuelto con la cuota de los intereses acumulados (beneficio del banco); lo que significa que la naturaleza misma de la creación de dinero conlleva automáticamente un saldo negativo por defecto. Siempre hay más deuda en existencia que dinero en circulación.[12. Según la Reserva Federal de Estados Unidos, la deuda (pública y privada) de este país en 2009 era de aproximadamente 51 billones de dólares. Si comparamos esto con la oferta de dinero existente, medida por el agregado monetario, nos encontramos con que hasta diciembre 2012 esta era de aproximadamente 15 billones de dólares. Nótese que se han descontinuado los reportes de agregado monetario para Estados Unidos, sin embargo se pueden extrapolar los resultados en base a sus componentes.]

Volviendo al punto principal con respecto a la necesidad de demanda/consumo para mantener el funcionamiento de la economía, este proceso de intercambio y centrarse en el crecimiento está en el corazón del concepto de “eficiencia” del mercado. No importa lo que se produce o su efecto sobre el estado de los asuntos humanos o ambientales. Esas son todas “externalidades”. Como ejemplo de esta lógica, el mercado de valores, que es en sí mismo no es más que el comercio de dinero y sus numerosos “derivados”, es una importante fracción del PIB y del “crecimiento” a través de las ventas/beneficio resultante.[13. Por ejemplo, en los EE.UU., la industria del “capital de riesgo”, que esencial invierte dinero en nuevos negocios, correspondió al 21% del PIB en 2010 (National Venture Capital Association, 2011). Según un artículo de 2012 en The New Republic: “los mayores de seis bancos en nuestra economía (estadounidense) ahora tienen activos totales que exceden el 63% del PIB” (Boone, 2010).]

Sin embargo, podría decirse que estos actos no producen ningún valor tangible para el soporte de la vida. El sistema de mercado de valores y las instituciones financieras masivamente poderosas son completamente auxiliares a la economía productora real. Aunque muchos sostienen que estas instituciones de inversión facilitan la creación de empresas y puestos de trabajo mediante su aplicación de capital, este acto es únicamente relevante en el sistema actual (eficiencia del mercado) y totalmente irrelevante en términos de producción real (eficiencia técnica).

En resumen, cuando se trata de la lógica del mercado, mientras mayor sea el volúmen de negocios, mejor y punto. No importa que el producto vendido sea crédito, piedras, “esperanza” o panqueques. Cualquier contaminación, residuos u otros perjuicios son “externos”. No hay consideración alguna a la función técnica de los procesos de producción reales, las estrategias para la distribución eficiente, las aplicaciones de diseño o cualquier cosa similar. Se supone que dichos factores culminarán metafísicamente en el mejor interés de la gente y el hábitat, simplemente porque eso es lo que la “mano invisible” del mercado implica.[14. La noción de la “mano invisible” de Adam Smith se discutió en el ensayo Historia de la economía.]

La revolución de las ciencias industriales de hacer “más con menos”[15. Como nota histórica, el ingeniero R. Buckminster Fuller usó esta frase (“más con menos”) al discutir este fenómeno, en su obra Operating manual for spaceship earth (1969).] ha creado una nueva realidad donde el avance de la tecnología industrial ha revertido el patrón de esfuerzo material acumulativo. La lógica de que “más trabajo, más energía y más recursos” producirán resultados proporcionalmente más eficaces ha sido cuestionada. Es cada vez más frecuente que el resultado sea la reducción de energía, mano de obra y materiales para llevar a cabo ciertas tareas, debido a los avances científicos.[16. El famoso ordenador ENIAC de la década de 1940 contenía 17.468 tubos de vacío, junto con 70.000 resistencias, 10.000 condensadores, 1500 relés, 6000 interruptores manuales y 5 millones de puntos de soldadura. Cubría 1.800 pies cuadrados de superficie, pesaba 30 toneladas y consumía 160 kilovatios de energía eléctrica. Nos costó alrededor de $6 millones en valor actual. Hoy en día, un teléfono celular de bolsillo barato calcula sustancialmente más rápido que el ENIAC (Bellis, n.d.).]

Por ejemplo, la comunicación por satélite contemporánea incorpora una gran cantidad de procesos de la evolución del conocimiento y podría considerarse como sofisticada a nivel intelectual, sin embargo, en la realidad física, es más simple y eficiente en el uso de recursos en comparación con las alternativas previas para la comunicación. La aplicación a escala mundial de estas viejas alternativas, requirió enormes cantidades de materiales voluminosos (tales como pesados cables de cobre) y tareas difíciles y, a menudo arriesgadas, como trazar dichos materiales mediante fuerza de trabajo humana. Si comparamos aquello con lo que hoy se logra con un conjunto de satélites pequeños, globales puestos en órbita, los resultados son realmente sorprendentes. Esta revolución del diseño, que llega al corazón de lo que significa la verdadera eficiencia económica (técnica), está en oposición directa con el consumo cíclico, y con el modelo económico basado en el crecimiento.

La intención del sistema de mercado es mantener o elevar las tasas de recambio, ya que esto es lo que mantiene a las personas empleadas e incrementa el porcentaje de empleo y el así llamado crecimiento. En su esencia, la premisa de eficiencia del mercado se basa en tácticas para lograr esto y, por lo tanto, cualquier fuerza que trabaja para reducir la necesidad de mano de obra o el volumen de negocios se considera “ineficaz”, a pesar de que podría ser muy eficiente en términos de la economía propiamente dicha, es decir en conservar los recursos, reducir los residuos y hacer más con menos.

Si hipotéticamente redujéramos nuestra sociedad global a una pequeña isla — con una población igualmente pequeña, con tecnología muy limitada en comparación con la actual, y considerando que tan sólo un número “x” de alimentos/ artículos necesarios para la supervivencia podrían regenerarse naturalmente a partir de la tierra — ¿sería una buena idea emplear un sistema económico que buscaba aumentar el uso y el recambio de los recursos de la isla lo más rápido posible por el bien del “crecimiento”? Naturalmente, la ética del uso estratégico y preservación se desarrollaría como un ethos en tales condiciones. La idea sería reducir el desperdicio, no acelerarlo, esa es la razón de que la verdadera definición de “economía” sea economizar.

Obsolescencia innecesaria: competitiva y planificada

Cuando pensamos en la obsolescencia, podríamos considerar los rápidos cambios tecnológicos que se producen en el mundo de hoy. Parece que cada pocos años nuestros dispositivos de comunicación y procesamiento se someten a un rápido desarrollo. La “ley de Moore”, que denota cómo el poder de procesamiento se duplica cada 18-24 meses, se ha extendido a otras aplicaciones tecnológicas, iluminando la poderosa tendencia del progreso científico (Kurzweil, 2007).

Sin embargo, cuando se trata de los procesos actuales de producción de mercancías, se producen dos formas de obsolescencia (eventual) que no se basan en la evolución natural de la capacidad tecnológica, sino más bien son resultado de (a) la estructura competitiva artificial del sistema de mercado y de (b) la urgencia por la “eficiencia de mercado”, es decir la búsqueda por incrementar la facturación y el lucro recurrente.

El primero (a) podría ser llamado obsolescencia competitiva o intrínseca. Esta es la obsolescencia derivada del carácter consecuente de una economía competitiva, ya que cada entidad productora trabaja para mantener la ventaja diferencial sobre otro mediante la reducción de gastos en la producción con el fin de mantener el precio “competitivamente” bajo para la compra de los consumidores. Este mecanismo se denomina tradicionalmente “eficiencia de costos” y el resultado son productos que son relativamente inferiores el momento en que se hacen. Esta necesidad competitiva impregna cada paso de la producción con una reducción de la eficiencia técnica en el camino a través del uso de materiales, medios y diseños más baratos.

Imaginemos, hipotéticamente, que hemos tenido en cuenta todos los requisitos materiales para la creación de un automóvil, buscando maximizar su eficiencia, durabilidad y calidad de la manera más estratégicamente optimizada,[17. La noción de optimización estratégica se abordará en la Parte III, pero vale la pena señalar aquí que la ecuación que decide lo que se va a utilizar en la construcción de algo, técnicamente, no sólo implica las propiedades de los materiales ideales, sino también la utilidad relativa de materiales con propiedades similares, que pueden alterar el componente de material necesario para su uso debido a otros factores de eficiencia relacionados, como el suministro de recursos.] con base en los propios materiales — no el costo de esos materiales. El ciclo de vida del automóvil entonces se determinaría únicamente por su desgaste natural con un diseño centrado en la actualización de los atributos del automóvil cuando se han vuelto obsoletos o dañados por el uso natural de las circunstancias.

El resultado sería una producción diseñada para durar, por lo tanto, reducir los residuos e invariablemente mejorar su efectividad de utilidad. Es seguro asumir que muchos en el mundo de hoy creen que esto es lo que realmente sucede en el diseño y la producción de bienes, pero esa simplemente no es la realidad. Es matemáticamente imposible para cualquier empresa competidora producir estratégicamente el mejor bien en una economía de mercado, ya que el mecanismo de “eficiencia de costos” garantiza una producción inferior a la óptima.

La segunda forma (b) de obsolescencia se conoce como planificada y esta técnica de producción que tiene por objetivo garantizar el consumo cíclico se popularizó a principios del siglo XX, cuando el desarrollo industrial mejoró la eficiencia a un ritmo acelerado, produciendo mejores productos, más rápidamente. De hecho, no sólo había una necesidad de fomentar más compras por parte del público en general,[18. Charles Kettering (1929), director de General Motors, escribió sobre la necesidad de “mantener al consumidor insatisfecho”. El banquero de Wall Street Paul Mazur escribió: “Debemos cambiar a Estados Unidos de una cultura de necesidades a una cultura de deseos Las personas deben ser entrenadas para desear… para querer cosas nuevas, incluso antes de que las viejas se hayan consumido por completo. Debemos dar forma a una nueva mentalidad en Estados Unidos” (Mazur citado por Häring & Douglas, 2012).] el problema que resulta de una mayor esperanza de vida y eficacia de los productos es que también desacelera el consumo. El fenómeno de “más con menos” estaba saliendo a la superficie de una manera rápida.

En lugar de permitir que la vida útil de un bien sea determinada por su capacidad natural, acompañando a la intención de la ley natural para que éste exista el mayor tiempo posible —  dados los limitados recursos en un planeta finito y el interés natural para ahorrar energía, tanto material como humana — las corporaciones decidieron que era mejor crear su propia medida de vida útil, inhibiendo deliberadamente la eficiencia en aras de incentivar compras repetidas.[19. En 1932, el industrial Bernard Londres propagó su conocido panfleto titulado Ending the depression through planned obsolescence., que expuso la necesidad de este modelo.]

En la década de 1930, algunos incluso querían hacerlo legalmente obligatorio para todas las industrias, donde los ciclos de vida se decidieran no por el estado natural de la capacidad tecnológica, sino por la mera necesidad continua de la mano de obra y el aumento del consumo. De hecho, el ejemplo histórico más notable de este período fue la bombilla eléctrica Phoebus, cuando las bombillas eran capaces de durar hasta cerca de 25000 horas, el cártel obligó a cada empresa a restringir su vida útil a menos de 1000 horas para asegurar compras repetidas (Dannoritzer et al., 2010). Hoy en día, los fabricantes más importantes elaboran estrategias para limitar el ciclo de vida de los bienes en base a modelos de comercialización para el consumo cíclico. Como resultado no sólo se produce un desperdicio reprochable de recursos finitos, sino también una pérdida constante de trabajo humano y energía.

Fuera de la dinámica de la economía de mercado, es extremadamente difícil argumentar en contra de la necesidad de un diseño óptimo de mercancías. Lamentablemente, la naturaleza de la eficiencia del mercado rechaza tal eficiencia técnica de forma predeterminada.

Propiedad vs. acceso

La tradición de la propiedad personal se ha convertido en un elemento básico de la cultura moderna, con pocos incentivos financieros a largo plazo para utilizar un sistema de reparto o de acceso. Aunque existen algunos ejemplos de intercambio comunitario de mercancías en la época actual,[20. Como un simple ejemplo, el intercambio de bicicletas en Europa se ha convertido en algo común (Streeter, 2010).] la ética general de la propiedad, su valor inherente y sus características de inversión hacen que tales enfoques sean más costosos para el usuario en el largo plazo.

Desde el punto de vista de la eficiencia del mercado, esto es una buena cosa, a mayores compras directas de bienes, mejor. En términos generales, si 100 personas desean conducir un automóvil, que 100 personas compren esos automóviles es más “eficiente” para el mercado que si 100 personas compartieran 20 automóviles en un sistema de acceso diseñado estratégicamente, que permite la utilización en base a la demanda de tiempo real.

Si analizamos los patrones de uso real de cualquier bien dado, en promedio, se encuentra que muchos tipos de productos se utilizan de forma intermitente. Los vehículos de transporte, equipos recreativos, equipos de proyecto y varios otros géneros de bienes son accesibles habitualmente a intervalos relativamente distantes, por lo que la tarea de la propiedad no sólo resulta un poco inconveniente dada la necesidad de almacenar estos elementos, sino también claramente ineficiente en el contexto de la verdadera integridad económica, que busca una reducción de desperdicio en todo momento.

Cada año, innumerables libros son tomados y devueltos prácticamente de forma gratuita de bibliotecas de en todo el mundo , esto no sólo permite ahorrar una enorme cantidad de recursos materiales a través del tiempo, sino que también facilita el acceso al conocimiento a aquellos que, de otro modo, podrían no tener medios para obtenerlo. Sin embargo, esta práctica es una rara excepción en el mundo impulsado por la eficiencia del mercado, ya que claramente resulta en una desventaja para el mercado el tener cualquier cosa disponible sin el mecanismo de la compra personal directa.[21. La única razón por la que esta excepción para las bibliotecas ha persistido es nuestra tradición, puesta en marcha hace mucho tiempo, que vio que este intercambio de conocimientos era fundamental para el desarrollo humano. La tradición de las bibliotecas compartidas se remonta 1000 años atrás.]

Vamos a hipotéticamente extender esta idea de la puesta en común de conocimientos para la puesta en común (acceso permitido) de los bienes materiales. Desde el punto de vista de la eficiencia del mercado, sería extremadamente inhibidora. Mientras todavía se generarían ganancias en el modelo capitalista por el préstamo de artículos a las personas sobre la base de su necesidad, sería enormemente desproporcionado en comparación con las tasas de ganancia/consumo de una sociedad basada en la propiedad personal de cada bien.

Por otro lado, la eficiencia técnica sería profunda. No sólo se necesitaría menos recursos (y menos fuerza de trabajo), ya que tendría que crearse menos de cada bien para cumplir con el tiempo de uso de los ciudadanos. La disponibilidad de esos bienes podría muy bien extenderse a muchos que, de otra manera, no estarían en capacidad de comprar, sino sólo de alquilar (incluso en un sistema de mercado). En este sentido, la eficiencia técnica tiene dos niveles: ambiental y social. Desde el punto de vista ambiental, habría una drástica reducción del uso de recursos; desde el punto de vista social (si todo sigue igual), también podría producirse un aumento de la disponibilidad de acceso a dichos bienes.

Así, desde el punto de vista de la eficiencia técnica, a profundas expensas de la eficiencia del mercado, una sociedad orientada al acceso compartido en lugar de a la propiedad universal sería excepcionalmente más sostenible y beneficiosa. Por supuesto, tal práctica desafiaría profundos valores comunes en la cultura “propietaria” de hoy.[22. En su obra, La era del acceso (2010), Jeremy Rifkin plantea preguntas similares, al decir: “En una sociedad en la que prácticamente todas las cosas se consiguen mediante el acceso, ¿qué sucede con el orgullo personal, la obligación y el compromiso que acompañan a la propiedad? ¿Y qué sucede con la autosuficiencia? Ser propietario se ve estrechamente ligado a ser independiente. La propiedad es el medio con el que alcanzamos nuestro sentido de autonomía personal en el mundo. Cuando el medio de nuestra existencia es el acceso, nos hacemos más dependientes de los otros. Mientras nos conectamos y nos hacemos más dependientes unos de otros ¿no estamos al mismo tiempo corrigiendo el riesgo de ser menos autosuficientes y más vulnerables?”]

Competición vs. colaboración

El debate de si la sociedad debería perseguir una cultura competitiva o una colaborativa ha ha estado presente durante siglos, con suposiciones sobre la naturaleza humana comúnmente defendiendo el lado de la competencia (Sapolsky, 2005). Hoy en día, los economistas discuten principalmente sobre la competencia como incentivo necesario para continuar la innovación (Aghion et al., 2002), junto con la suposición implícita de que simplemente no hay suficiente para todos en este planeta y por lo tanto, todo el mundo no tiene más remedio que luchar en algún nivel, con los perdedores inevitables.[23. Véase el ensayo Historia de la economía, y su tratamiento sobre Thomas Malthus, quien veía al mundo como incapaz de apoyar a toda la población y tuvo mucha influencia en el pensamiento económico.] Una vez señaladas tales presunciones, debemos explorar el contexto temático de eficiencia de mercado vs. la eficiencia técnica con respecto a los beneficios y/o consecuencias de la competencia.

Hay dos puntos de vista fundamentales a tener en cuenta: (a) cómo la competencia afecta a la propia producción industrial; y (b) cómo en realidad afecta a la innovación o al desarrollo creativo.

(a) Si examinamos la distribución de la producción industrial de hoy, vemos un sistema global complejo de interacción; moviendo recursos, componentes y bienes constantemente de un lugar a otro para diversos fines de producción y/o distribución. Las empresas, en su afán de lucro y rentabilidad, invariablemente buscan abaratar la mano de obra, los equipos e instalaciones en todo momento con el fin de seguir siendo competitivos en el mercado. Esto puede tomar la forma de la mano de obra inmigrante  trabajando con el salario mínimo, una planta de producción explotadora en el extranjero, una fábrica de procesamiento relativamente barato en todo el país, etc.

La conclusión es que, desde el punto de vista de la eficiencia del mercado, la relación costo-beneficio es todo lo que importa, aun cuando el acto real de este procesamiento global esté utilizando cantidades desproporcionadamente despilfarradoras de combustible, medios de transporte, mano de obra y similares.[24. El economista canadiense Jeff Rubin hizo esta acertada observación con respecto a la evolución de los costes del petróleo: “Lo que va a suceder es que no va a tener sentido producir cosas en el otro lado del mundo, porque no importará cuán barato sea el costo de la mano de obra allí, cuando es tan caro transportar las cosas” (“Economist: Pricier Oil Means Less Globalization”, 2009).]

No se considera la noción de “eficiencia proximal”, que significa, en este caso la eficiencia derivada de la menor distancia entre los puntos de la producción/distribución industrial. La práctica actual en la globalización se dedica al movimiento derrochador de una gran cantidad de recursos por todo el mundo, por el interés de ahorrar dinero, no hay interés en la eficiencia técnica óptima.

Este desconocimiento de la importancia de la “eficiencia proximal” en la acción industrial, ya sea nacional o internacional, es la fuente de algunas realidades muy derrochadoras. Hoy en día, la producción industrial es casi enteramente internacional, especialmente en la era tecnológica. El grado en que esto es necesario, desde un punto de vista técnico, es leve, en el mejor de los casos.

La producción agrícola ha sido históricamente regional dada la propensión de algunas áreas geográficas para producir ciertos tipos de bienes, o para facilitar un entorno más propicio para cultivos específicos. Sin embargo, estos casos son pocos en comparación a la gran mayoría de bienes industriales, eso sin considerar las diversas posibilidades tecnológicas actuales para superar dichas necesidades regionales.[25. La agricultura vertical, por ejemplo, ha demostrado tener un inmenso potencial a escala mundial, eliminando las restricciones regionales comunes a la producción agrícola (Despommier, 2010).]

La localización —  es decir, la reducción deliberada de la distancia entre y alrededor de todas las facetas de producción y distribución — es la manera más eficiente de operar una comunidad, con excepciones obvias, como la extracción de minerales, que claramente debe comenzar en su punto de origen en la tierra, etc. Es fácil  ver, especialmente considerando las tecnologías modernas que actualmente no se utilizan, la forma en la gran mayoría de los productos para mantener la vida se pueden generar cerca de donde se van a utilizar.

Como se describirá a profundidad en la Parte III, hay una línea de pensamiento de eficiencia técnica respecto a la utilización de la estrategia de proximidad para la extracción, producción, distribución y eliminación/reciclaje de residuos. El resultado final sería la conservación de niveles enormes de recursos y energía humana. Esta  capacidad podría ser reasignada, si es necesario, para seguir avanzando en otros proyectos, en lugar de ser despilfarrada como mera pérdida a través del modelo de mercado actual.[26. Es fundamental tener en cuenta, como se discutirá en la Parte III, que esta noción de convertir a la ineficiencia o al desperdicio de recursos y a la energía inherente a la economía de mercado en productividad real se encuentra en el núcleo de la capacidad de la sociedad humana, no sólo para aliviar el medio ambiente de escasez que tenemos hoy, sino para trascenderlo con abundancia.]

Como nota final sobre este tema de cómo la competencia limita la eficiencia técnica de la producción industrial, incrementando el desperdicio, la realidad de una buena “multiplicidad” es otro tema. Mientras que toda la producción de las empresas que compiten se orienta típicamente alrededor de las estadísticas históricas con respecto a cuál es su “cuota de mercado” y cuántos bienes pueden vender en promedio por región. El hecho de tener múltiples empresas, trabajando en el mismo género de bienes, produciendo casi los mismos productos con variaciones leves, sólo suma fuentes de desechos innecesarios.

Como también se describe en el apartado siguiente, la idea de múltiples compañías de teléfonos celulares que compiten por la cuota de mercado por la simple variación de diseño, genera ineficiencias debidas a las diferentes estrategias para ser rentables. La falta de compatibilidad de los componentes determinada por la percepción del beneficio financiero que generaría el usar estándares propietarios y sistemas cerrados, por otro lado, crea otra compleja red de ineficiencia.[27. Lo más parecido hoy en día, que intenta superar los problemas y desechos generados por componentes propietarios, es decir, los componentes que sólo pueden provenir de los fabricantes, es el sistema estándar ISO. Sin embargo, este sistema, en realidad, hace muy poco para superar el verdadero problema y se trata principalmente del cumplimiento de las normas básicas de calidad, no de una adaptabilidad universal de componentes en la industria mundial.]

Sin embargo, a menudo se argumenta que la búsqueda de la competencia y las variaciones de los productos que se presentan en la búsqueda de la participación en el mercado por las empresas que compiten es una forma de introducir nuevas ideas al público. Sin embargo, tal método también podría lograrse mediante sistemas de retroalimentación directa de masas por parte del público con respecto a lo que se necesita, junto con una campaña de concienciación emergente sobre lo que ahora es posible dada la evolución empírica de los avances tecnológicos.

(b) La segunda cuestión aquí, como se ha señalado, tiene que ver con cómo la competencia afecta a la innovación o el propio desarrollo creativo. Si bien actualmente aún persiste la presunción de que la recompensa diferencial por la contribución individual motiva a otras personas a buscar la recompensa — que es también una justificación común de la existencia de “clases”, estudio sociológico — los estudios sociológicos modernos encuentran varios de puntos de vista contradictorios (Kohn, 1992). La idea de que los seres humanos están motivados intrínsecamente por la necesidad de “superar” a los demás mediante, por ejemplo, ganar recompensas materiales-financiera superiores a la de los demás, no tiene una justificación creíble, fuera de la existente perspectiva de mercado basada en la escasez en la que la humanidad se encuentra hoy en día.

Sin embargo, el debate sociológico puede dejarse de lado ya que el contexto aquí es cómo la competencia se relaciona con el mercado y la eficiencia técnica directamente. En resumen, el sistema competitivo busca el secretismo cuando se trata de ideas de negocio, a menudo universalmente contra el flujo libre del conocimiento. El uso de patentes y derechos de propiedad o “secretos comerciales” no perpetúa un avance de la innovación como muchos defensores del mercado competitivo asumen, sino que lo retrasa.

Es muy interesante pensar en lo que significa conocimiento, cómo se genera y lo extraño que es para cualquier persona reclamar racionalmente la “propiedad” de una idea o invención. En ningún momento de la historia humana un individuo ha tenido una idea singular que no se haya generado en serie por muchos que le antecedieron. La culminación histórica del conocimiento es un proceso social y, por lo tanto, cualquier reclamo de propiedad de una idea por una persona o corporación es intrínsecamente defectuoso. El término semieconómico común que se utiliza hoy en día es “usufructo”, que significa “el derecho legal de uso y disfrute de los frutos o ganancias de algo que le pertenece a otro” (Merriam-Webster, 2015). En realidad, todos los atributos de todas las ideas que existen hoy en día, en el pasado y siempre en el futuro, tienen sin excepción un punto de origen claramente social e impersonal.

Se hace evidente que el concepto de propiedad intelectual, es decir, la propiedad de meros pensamientos e ideas, ha puesto de manifiesto la gran época de la historia humana, donde la creatividad personal se asoció a la propia supervivencia personal. En un sistema económico donde las ideas de las personas tienen la capacidad de generar ingresos, la idea de propiedad se vuelve relevante. Después de todo, si “inventar” algo en el sistema moderno podría generar ventas y por lo tanto ayudar a tu supervivencia económica personal, sería extremadamente ineficiente (en el sentido mercantil de la palabra) permitir que esta idea sea libre, ya que los demás, buscando su propia supervivencia, probablemente se apodere rápidamente de esa invención para su propia explotación financiera.

También es fácil ver cómo el ego se manifiesta en la idea de la propiedad intelectual, ya que la base de la recompensa en un sistema de este tipo siempre tiene un lazo psicológico para el sentido personal de autoestima. Si una persona se “inventa” algo — reclama derechos de propiedad intelectual sobre ello, lo explota con fines comerciales y luego adquiere una casa grande y otras propiedades — su estatus como ser humano es elevado según las normas establecidas por la cultura; y se considera que es “exitosa”.

Si tuviéramos que pensar en ello, el intercambio de conocimientos no tiene ningún recurso negativo fuera de la premisa económica de la propiedad para la explotación del lucro. No hay nada que perder y, de hecho, mucho por ganar socialmente mediante el intercambio de información. Volviendo al ejemplo de las empresas de telefonía celular, nos damos cuenta que dentro de las reuniones de directorio, donde comerciantes, diseñadores e ingenieros trabajan sobre la forma de mejorar su producto, compartir sus ideas es primordial. Sin embargo, imaginen que esa reunión fuera extendida a todas las empresas que compiten en el mercado de telefonía celular. No sólo podrían dejar de lado sus enfoques de comercialización subóptimos, ideados para ganar la cuota de mercado de otros competidores (mediante, por ejemplo, artificios estéticos), sino que además podrían trabajar para producir el “mejor” producto concertadamente. Yendo más allá, ¿y si todos los diseños estuvieran en el dominio público, para que cualquier en el mundo que tuviera interés en mejorar la idea pudiera hacerlo?

Los esquemas de diseño de un teléfono celular podrían ser publicados públicamente con un sistema de interacción técnica donde la gente de todo el mundo puede ayudar, si tienen la capacidad, a mejorar la eficiencia y utilidad del diseño. Si bien este es un ejemplo hipotético, está claro que el resultado de este enfoque abierto de intercambio de información podría facilitar una explosión de creatividad y productividad nunca antes vista. Como se discutirá en la Parte III, la eliminación del sistema de mercado monetario es crítico para la facilitación de esta capacidad.

Trabajo por ingresos

En el núcleo del sistema de mercado está la venta de mano de obra de una persona como mercancía. En muchos sentidos, la capacidad del mercado para emplear a la población se ha convertido en una medida de su integridad. Sin embargo, la llegada de la mecanización, la automatización del trabajo humano, se ha convertido con el tiempo en un punto cada vez mayor de interferencia.[28. Un vistazo a las estadísticas laborales por sector de Estados Unidos muestra cómo el patrón de automatización de máquinas reemplaza el trabajo humano definitivamente. En el sector agrícola, casi todo la el flujo de trabajo actualmente se realiza mediante maquinaria. En 1949, las máquinas hicieron el 6% de la cosecha de algodón en el Sur. Para 1972, el 100% de la cosecha de algodón fue hecho por máquinas (Peterson & Kislev, 1986). En 1860, el 60% de los estadounidenses trabajaban en el sector agrícola, mientras que esa cifra hoy es inferior al 3% (Magnet, 1993). En 1950, el 33% de los trabajadores de Estados Unidos trabajaban en la industria manufacturera, mientras que en 2002 sólo representaban el 10% (Hagenbaugh, 2002). La industria siderúrgica estadounidense, de 1982 a 2002 aumentó la producción de 75 millones de toneladas a 120 millones de toneladas, mientras que los trabajadores del sector fueron de 289.000 a 74.000 (Schwartz & Tkaczyk, 2003). En 2003, Alliance Capital hizo un estudio de las principales 20 economías del mundo de ese entonces, concluyendo que entre 1995 y 2002 se perdieron 31 millones de empleos en el sector de la manufactura, sin embargo la producción aumentó en un 30% (Carlson, 2003). Este patrón de aumento de la productividad y ganancias, junto con la disminución del empleo, es un fenómeno nuevo y poderoso.]

Históricamente, la aplicación de tecnología automatizada de trabajo se ha visto como un tema no sólo de progreso social, sino también de “progreso económico”, en la lógica de mercado, debido principalmente al aumento de la productividad. El supuesto básico es que la mecanización (o más ampliamente la innovación tecnológica) facilita la expansión industrial y, por tanto, una reasignación inevitable de la mano de obra desplazada por las máquinas hacia nuevos sectores emergentes.[29. Véase el apartado sobre el economista David Ricardo en el ensayo Historia de la economía.] Históricamente hablando, parece que hay algo de verdad en esto, puesto que la reducción de la fuerza de trabajo humano en un sector, como fue el caso de la automatización de la agricultura en el oeste, se ha superado en cierta medida por el aparecimiento de nuevas plazas en otros sectores, como el de servicios. Sin embargo, esta suposición de que la innovación tecnológica va a generar nuevas formas de trabajo, creando un equilibrio con las que desplaza, es realmente muy difícil de defender cuando se tienen en cuenta el ritmo de cambio de la innovación y los intereses de ahorro de costes de las empresas.[30. El economista Stephen Roach advirtió en 1994, “El sector de servicios ha perdido su papel como motor desenfrenado de Estados Unidos en la creación de empleo” (Citado por Rifkin, 2011). Por ejemplo, de 1983 a 1993, los bancos redujeron el 37% de sus cajeros humanos, y para el año 2000, el 90% de todos los clientes de los bancos utilizaron cajeros automáticos (Rigdon, 1994, p. 43). Los operadores de telefonía empresariales han sido casi todos reemplazados por sistemas de respuesta de voz computarizados, los cajeros de la oficina de correos están siendo reemplazados por máquinas de autoservicio, mientras que los cajeros están siendo reemplazados por los quioscos informatizados. McDonalds, por ejemplo, ha estado hablando acerca de la automatización completa de sus restaurantes desde hace muchos años, adquiriendo quioscos para sustituir el personal de la recepción, y usando herramientas de cocina automatizadas, tales como volteadores de hamburguesas, para la sección de producción del local (Masnick, 2003). Probablemente no lo hayan hecho por un problema de relaciones públicas, porque no saben cuántos puestos de trabajo se eliminaría en el caso de que dicha automatización fuese adoptada en su forma más desinhibida.]

En cuanto a este último, el papel de la mecanización, desde el punto de vista de eficiencia del mercado, es ayudar al índice de “coste-eficiencia”. La robótica, en los tiempos modernos, ha superado con creces la capacidad física del ser humano promedio, asimismo sucede con el rápido avance de los procesos de cálculo computarizado. El resultado es la adquisición agresiva por parte de la industria, que invariablemente tienen capacidades más productivas que el trabajo humano, a esto se suma el importante incentivo financiero de la reducción de la responsabilidad de los propietarios de negocios. Si bien las máquinas pueden requerir mantenimiento, no necesitan seguro de salud, seguro de desempleo, vacaciones, protección sindical y muchos otros atributos comunes al empleo humano. Por lo tanto, en la estrecha lógica inherente a la búsqueda del beneficio, es natural que las empresas busquen la mecanización en todo momento, teniendo en cuenta sus beneficios a largo plazo.

En cuanto a la sugerencia de que siempre se logrará el equilibrio entre los nuevos roles de trabajo y mano de obra desplazada debido a la innovación tecnológica, el problema es que la tasa de cambio del desarrollo tecnológico es muy superior a la tasa de creación de nuevos empleos (Kurzweil, 2007).[31. Si bien Kurzweil no hace referencia a la mecanización en relación al avance exponencial de la capacidad tecnológica, es lógico asumirlo así, particularmente con respecto a la cibernética, que es la combinación de máquinas y ordenadores claramente, creando “inteligencia” en las máquinas.] Este problema es único, ya que también asume que la sociedad humana siempre querría nuevos roles laborales, es aquí donde se deben considerar nuestros valores culturales. Dado que nuestra condición sociológica actual exige el empleo humano como la columna vertebral de la sostenibilidad del mercado, por lo tanto, de la eficiencia del mercado, la ética del trabajo y sus asociaciones de identidad, han perpetuado una fuerza donde la función verdadera del trabajo, es decir su verdadera utilidad,  se ha vuelto menos importante que el mero hecho de estar empleado (Delaney, 2011).

Así como eficiencia del mercado no tiene ninguna consideración por lo que realmente se compra y se vende en general, siempre y cuando se mantenga el consumo cíclico a una velocidad aceptable, los papeles de trabajo adoptados en la actualidad en la producción son igualmente arbitrarios en el contexto del mercado. En teoría, podríamos imaginar un mundo donde a las personas se les paga para realizar ocupaciones sin sentido, generando altos niveles de PIB, sin una verdadera contribución social. De hecho, en el presente podríamos dar un paso atrás y preguntarnos cuál es realmente el papel social de muchas instituciones y tal vez lleguemos a la conclusión de que sólo sirven para mantener el dinero en movimiento, no para crear o contribuir realmente nada tangible para el beneficio de la sociedad.

Estas son preguntas filosóficas complejas por cuanto cuestionan la ética dominante y la naturaleza misma de lo que el “progreso” realmente significa. Imaginemos que regresamos al sistema social del siglo XVI, donde muchas realidades tecnológicas modernas eran simplemente inauditas. Las expectativas sobre lo que sería técnicamente posible, naturalmente estarían muy por debajo de lo que generalmente se acepta como posible hoy en día.

Si esta sociedad fuera capaz de sobreponer, durante la noche, la capacidad tecnológica masiva de la era moderna, no hay duda de que prácticamente todo lo relacionado con la supervivencia del núcleo de la población podría ser automatizado. La pregunta entonces es, ¿qué hacen ahora con su nueva libertad? ¿Cuál será el centro cultural de la vida si se elimina la monotonía básica necesaria para la supervivencia? ¿Se inventan nuevos puestos de trabajo simplemente porque se puede? ¿Se elevan a sí mismos, preservando y apoderándose de esta nueva libertad mediante la alteración de su propio sistema social, la eliminación de esta noción de “trabajo por ingresos” exigido previamente? Estas preguntas llegan a la raíz de qué es verdaderamente el éxito y de cuáles deberían ser nuestras metas personales y sociales en realidad.

Sin embargo, un valor cultural dominante hoy en día es el de “ganarse la vida”, y la aplicación de la mecanización, en el sentido de eficiencia del mercado es en realidad un arma de doble filo. Si bien la rentabilidad es inherente a la mecanización y por lo tanto el mejoramiento de las ganancias mediante la reducción de costos para los propietarios de negocios, el desplazamiento de los trabajadores humanos, conocido hoy como desempleo tecnológico, en realidad va en contra de eficiencia del mercado en la medida en que esos trabajadores desempleados ya no pueden contribuir al consumo cíclico necesario que mueve la economía, ya que han perdido su poder adquisitivo como consumidores.

Esta contradicción dentro del modelo capitalista es única. Desde la lógica de eficiencia del mercado, la mecanización, por tanto, plantea resultados tanto positivos como negativos y cuando nos damos cuenta de que el ritmo del cambio tecnológico, con toda probabilidad, desplaza a la gente cada vez a un ritmo mayor al que nuevos sectores de empleo pueden ser creados, la mecanización como un factor que inhibe al capitalismo se hace cada vez más evidente. Está, globalmente, disminuyendo la eficiencia del mercado.

Sin embargo, desde el punto de vista de la eficiencia técnica, vemos gran mejora e inmensas posibilidades no sólo en cuanto al efecto de la producción industrial, sino también un aumento de la eficiencia general de los propios bienes, por extensión de la exactitud e integridad inherente al proceso de producción. Una implicación de este nuevo nivel de eficiencia de la producción es que la satisfacción de las necesidades de la población mundial nunca ha sido más fácil. Sin la interferencia de la lógica del mercado en esta nueva capacidad técnica, que inhibe invariablemente todo su potencial, se podría facilitar la abundancia global de la mayoría de los bienes que sustentan la vida.[32. Este no es un concepto utópico ya que extrapolaciones estadísticas muy básicas prueban esta gran mejoría de la eficiencia y de la capacidad de producción en muchos niveles. Un ejemplo sencillo, aunque no es exhaustivo en sus variables, es la obsolescencia de la jornada laboral en la producción de la fábrica industrial. La jornada diaria de 8 horas normadas para el trabajo humano podría extenderse a casi 24 horas al día a través de la automatización. Este ejemplo crudo muestra cómo se puede crear abundancia de bienes que soporten la esencia de la vida.]

Escasez vs. abundancia

Oferta y demanda es una relación de mercado común que expresa, en parte, cómo el valor de un recurso o bien es proporcional a la cantidad del mismo  accesible o en existencia. Por ejemplo, los diamantes son considerados cuantitativamente más raros y por lo tanto de valor más alto que el agua, que se puede encontrar en abundancia sobre el planeta. Del mismo modo, ciertas creaciones humanas, si son escasas, también están sujetas a esta dinámica, aunque la percepción de la rareza es subjetiva. Un solo lienzo de pintura de un artista de renombre, por ejemplo, podría costar muchas veces su recurso valor real en una venta.[33. El grito de Edvard Munch se vendió por $119 millones, en 2012. Si se compara el valor real del material de la obra, esta se vendió por unas 10 a 15 mil veces su valor material en pinturas y lienzo (“Edvard Munch’s The Scream Sets $119.9m Auction Record”, 2012).]

Desde el punto de vista de eficiencia del mercado, la escasez es una buena cosa. Si bien la escasez extrema es desestabilizadora tanto para una industria o una economía en su conjunto (“déficits”), el estado más optimizado en el que puede existir el sistema de mercado está en una especie de escasez equilibrada que asegure la demanda de producción y ventas. Las exigencias de la vida de los seres humanos no se reconocen en esta ecuación.

Satisfacer las necesidades humanas en forma de alimentos, vivienda, un entorno de bajo estrés para la salud mental, etc., es absolutamente “externo” a la economía y no tiene relación directa con la eficiencia del mercado. Satisfacer las necesidades humanas en un sentido directo sería ser ineficiente a la lógica del mercado, ya que eliminaría la presión de la escasez que alimenta el consumo cíclico. Dicho de otra manera, hay una necesidad de desequilibrio con el fin de alimentar esta presión de demanda y este desequilibrio puede venir en muchas formas.

La deuda, por ejemplo, es una forma de escasez impuesta que pone a la persona en una posición en la que a menudo debe someterse a trabajos que pueden ser de carácter “explotador”, lo que significa que la recompensa (por lo general un salario) es desproporcionada en relación con lo que se necesita para mantener un nivel de vida saludable. En este sentido, el sistema de la deuda facilita una forma distinta de eficiencia del mercado, ya que beneficia al empleador puesto que la reducción de las tasas de salarios (rentabilidad) se realiza de forma natural a medida que aumentan los niveles de deuda privada.

Las personas más endeudadas son más proclives a subyugarse a un trabajo de bajo salario y, por lo tanto, generan más beneficios para los propietarios de negocios. La misma lógica se puede aplicar a la utilización del trabajo informal en fábricas del tercer mundo, que es con frecuencia “explotado” por las empresas occidentales. Las jornadas laborales excesivas y los salarios notoriamente bajos son comunes, sin embargo estas personas literalmente no tienen otra elección que trabajar en esas plazas ya que no hay otras opciones para la supervivencia en su región, a menudo debido a la deuda resultante de las medidas de austeridad (Perkins, 2011).

De hecho, la regulación de la oferta total de dinero se basa en una escasez general ya que, como se ha señalado antes, todo el dinero hoy se hace a partir de la deuda y el dinero-deuda se vende en el mercado como una mercancía a través de “préstamos”, con un margen de interés ligado para generar un beneficio para los bancos. Sin embargo, estas ganancias por “interés”, que es dinero en sí mismo, no se crea en la oferta de dinero. Por ejemplo, si una persona toma un préstamo de 100 dólares y paga 5% de interés sobre el préstamo, se requiere que la persona pague 105 dólares. Pero, en una economía donde todo el dinero se crea a través de préstamos, que es lo que sucede en realidad, sólo el “principal” ($100) existe en la oferta monetaria mientras que el “margen de intereses” ($5) nunca es creado.

Por lo tanto, siempre hay más deuda en existencia que dinero para pagar por ello. Además, dado que los pobres son responsables de tomar más préstamos para su hogar, automóviles, etc., que los ricos, que mantienen un superávit financiero, esta presión de la deuda global tiende a caer en las clases más bajas, lo que agrava el problema inherentemente insuperable de estar en deuda y, por lo tanto, con opciones limitadas. En este modelo, la quiebra no es el resultado de malas decisiones de negocio, sino que una consecuencia inevitable, como en el juego de las sillas musicales (Brown, 2012).

Volviendo al punto central, la realidad de la escasez en el sistema económico actual es una fuente de gran eficiencia en el sentido de mercado porque si la gente tuviera sus necesidades básicas cubiertas, o si fueran capaces de satisfacer esas necesidades sin la presión externa irresoluble de la deuda que mantiene el desequilibrio, el consumo cíclico, el lucro y el crecimiento sufrirían. Sin importar que tan insidioso nos pueda parecer que el mantener a las personas en estado de privación sea en realidad una condición positiva para el funcionamiento del mercado, esta es la realidad.

Desde el punto de vista de la eficiencia técnica, que ve al ser humano como una máquina  bioquímica — que requiere de nutrición básica, estabilidad y otras necesidades psicosociales y que, de no satisfacerlas, puede ser víctima de enfermedades tanto físicas como psicológicas — podemos reconocer el estado desacoplado del bienestar humano y social en esta “lógica de mercado”.[34. Véase el ensayo salud pública.]

Como punto final sobre esta cuestión, el mercado busca el mantenimiento de problemas en todo momento. Podría afirmarse que la ineficiencia técnica es el conductor de la eficiencia del mercado. La resolución de problemas no es buscada por el mercado, ya que crea un vacío de ingresos y, por tanto, una pérdida de ganancias y movimientos monetarios. El resultado de esto es un incentivo perverso para buscar o incluso empeorar los problemas en general. Hace un siglo, la idea de vender agua embotellada habría sido extraña, dada su abundancia en estado puro. En los tiempos modernos, es una industria de millones de dólares anuales, derivados principalmente de la contaminación del agua que se ha producido debido a prácticas industriales irresponsables (“Water and air pollution”, 2009). La utilidad y el empleo ahora asociados con esta realidad técnicamente ineficiente de la contaminación y la destrucción de los recursos, ha mejorado la eficiencia del mercado económico necesario para mantener el consumo cíclico.

Conclusión

La eficiencia del mercado, en términos generales, tiene efectos en la realidad “macro” y “micro”. En la escala macro, cualquier cosa que pueda aumentar las ventas, el crecimiento o el consumo, independientemente de la demanda o lo que realmente se compra y se vende, se considera eficaz en este contexto. En la escala micro, esta eficiencia toma la forma de las condiciones que permiten el aumento de los beneficios y la reducción de costos de los insumos (“eficiencia de costos”) por parte de los negocios.

Este “eficiencia” inherente al capitalismo opera sin ningún respeto por los costos sociales y ambientales de su proceso para mantener el consumo cíclico y el lucro. Y el mundo que ves a tu alrededor — lleno de desorden ecológico, privación humana e inestabilidad social y ambiental, en general — ha sido el resultado. Por otro lado, la eficiencia técnica, que se podría caracterizar como un obstáculo para la eficiencia del mercado, busca mantener el medio ambiente, mantener la salud humana y esencialmente mantener el equilibrio en el mundo natural. La reducción de los desechos, la resolución de los problemas y el mantenimiento de la alineación con la ley natural encarnan la lógica del sentido común.

Es lamentable darse cuenta que hoy en día tenemos dos sistemas opuestos de economía funcionando a la vez – trabajando uno contra otro, de hecho. El sistema de mercado, que expresa una lógica arcaica y tradicional, está totalmente fuera de sintonía con la economía natural (técnica), tal como existe. El resultado es discordia, desequilibrio, nuevos problemas y graves consecuencias para la especie humana. Está claro cuál sistema va a “ganar” esta batalla. La naturaleza persistirá con sus leyes, independientemente de lo mucho que teoricemos la manera en que tradicionalmente nos hemos organizado en este planeta.

A la naturaleza no le importan nuestras ideas monetarias económicas, sus teorías de “valor”, los modelos financieros sofisticados ni las ecuaciones detalladas con respecto a cómo concebimos las manifestaciones del comportamiento humano y el por qué. La realidad técnica es simple: aprender, adaptarse y alinearse a las leyes que rigen la naturaleza, o sufrir las consecuencias. Es absurdo pensar que la especie humana — dada su evolución dentro de estas mismas leyes naturales a las que nuestra práctica económica (y valores) se deben alinear — sea incompatible con tales leyes. Se trata simplemente de una cuestión de madurez y conciencia.

A raíz de todos los problemas ecológicos crecientes y persistentes, una tendencia que dice buscar una “economía verde” ha surgido en el siglo XXI. Algunos incluso han dividido este punto de vista económico en sectores: energía renovable, eco-edificios, transporte limpio, entre otros (Bukart, 2009). Todas esas percepciones y aplicaciones buscadas están generalmente en línea con el punto de vista técnico o científico discutido en este ensayo.

Tristemente, sin importar lo positiva que sea la intención de estas nuevas organizaciones y planificadores de negocios, la ineficiencia inherente al modelo capitalista de la economía — y su necesidad de ciertas formas de “eficiencia” que ha creado para mantenerse a sí mismo — contamina inmediatamente y limita profundamente cada uno de esos intentos, lo que explica por qué tales enfoques de eficiencia técnica aún no se han aplicado realmente. La triste realidad es que si bien podrían implementarse algunas mejoras, tales avances se limitarán inherentemente en un grado cada vez mayor, ya que, como se ha descrito, la base estructural del funcionamiento del capitalismo de mercado se opone activamente a las eficiencias inherentes al punto de vista de la ley natural. La única solución lógica es repensar toda la estructura si queremos lograr una verdadera eficacia, prosperidad y la resolución de los más importantes problemas que enfrentamos como especie, en el largo plazo.

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